tiburón

Alien y el misterioso pasajero

No me gustan las películas que son tan superficiales que confían todo a los efectos especiales, y las películas de ciencia ficción son famosas por eso mismo. Siempre he creído que hay otra manera de hacerlo: debería dedicarse un gran esfuerzo a presentar el entorno de la nave, o del viaje espacial -de cualquiera que sea el escenario fantástico de la historia- tan convincentemente como sea posible, pero siempre de fondo. Así la historia y los personajes surgen y se hacen más auténticos.

Ron Cobb sobre sus diseños en Alien, el octavo pasajero

Hace poco vi Alien por enésima vez y descubrí, sorprendido, lo arriesgada que es en comparación con la inmensa mayoría de las películas que pueblan los géneros de terror y de ciencia ficción de las últimas dos décadas. Pensé que muchas de las decisiones que la convirtieron en icono cinematográfico son de lo más peregrinas para un gran estudio, que difícilmente podría esperar algo parecido del Hollywood de hoy. Sin entrar en si ver “cine de género” bueno es una especie en extinción -no me gusta el término, con ese otro de “cine de autor” separa el cine en dos ligas, y la cosa es más complicada-, ahora fórmulas taquilleras se repiten en ciclos interminables, ofreciendo a un público fiel un cine del que tienen una idea previa muy aproximada: secuelas, adaptaciones de cómics y bestsellers, remakes… (Curiosamente, la mejor película de ciencia ficción de la década pasada fue Wall·E, una historia de animación sin diálogos en su primera mitad y con un robot como protagonista). Una industria no sobrevive sin repetirse al menos un poco, ni se puede descubrir la pólvora dos veces al año, pero yo echo de menos algún proyecto de aquellos en los que un grupo de gente con talento (Ridley Scott, Dan O’Bannon o Sigourney Weaver, pero también H. R. Giger, Derek Vanlit o el mencionado Ron Cobb), aunados por un productor movido por algo más que la rentabilidad (Walter Hill, David Giler), se la juega por una idea y una historia.

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El logo y el tiburón

Inicié el blog con fuerza, y aunque pueda parecer que en los últimos días he flaqueado, nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que he estado bastante tiempo escribiendo sobre Tiburón, de Spielberg, y una vez terminada la crítica he tenido que diseñar la página estándar para las películas comentadas y un logo molón. Estas dos últimas cosas casi me llevan más tiempo que la primera, pero ya está todo a punto.

Como habréis observado, esta imagen es nueva en el blog:

Hará las veces de estrella en las críticas y será el icono que acompañe al hasta ahora solitario http ¿mascota? ¿qué es eso?

Por otro lado, surge una nueva sección, que no categoría, de esas que van a la izquierda. Es un índice de las películas sobre las que he escrito, ordenado alfabéticamente. Sí, ahora sólo hay una y no hay necesidad de ordenar, pero espero que tengáis que darle a la ruedecilla del ratón algún día.

Sin más demora os dejo con Jaws:

Tiburón (1975), Steven Spielberg

Dirección: Steven Spielberg

Guión: Carl Gottlieb y Peter Benchley

Intérpretes: Roy Scheider, Robert Shaw, Richard Dreyfuss, Murray Hamilton.

El sol inclemente que calienta la playa no hace una excepción conmigo y me hace sudar; zambullirme en el agua es una reacción instintiva. Nado unos cuantos metros mar adentro disfrutando del contacto con el líquido que palia el bochorno. Observo el cielo, luego la playa; mi cabeza se queda en blanco mientras floto sin esfuerzo. De repente, un pensamiento alarmante me devuelve al mundo: ¿y si…? Miro a ambos lados y, al mirar hacia abajo, no puedo soportar ese abismo azul y regreso incómodo a la orilla. Tengo 12 años y miedo a ser devorado por un tiburón.

Esta experiencia personal, acerca de la inquietud que me invadía al sumergirme en el mar desde que vi Tiburón por primera vez, es un reflejo del impacto que esta película causó en el subconsciente de los bañistas de varias generaciones. Proporciona, además, la clave de su éxito: yo no veía el tiburón, lo intuía; allí sólo estaba yo y, sin embargo, en mi cabeza el gran blanco era tan real como el agua que me rodeaba. Durante la mayor parte de la película, el tiburón, aunque no se ve, sabemos que está ahí. Sugerir su presencia en lugar de mostrarlo es lo que aterroriza, pues no hay peor criatura que la que crea nuestra imaginación.[...]

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