En tierra que no es tuya

Dos semanas sin escribir que pueden dar que pensar… “Ya estamos, ahora se pasa un par de meses sin decir nada y luego nos viene con otro cambio de theme.” Pues no es eso, zagales, es que tengo una vida muy ocupada e interesante. Sin ir más lejos, ayer no me llamó ningún productor, por ejemplo.

El caso es que creo que os debo una. Quiero recompensar a los que conservan fidelidad al blog con una nueva y espero hilarante categoría: El día que dejé de hacer cine. Tiene el honor de estrenarla el hombre de las mil caras (en una), Steven Seagal.

La cara, el espejo del alma

La cara, el espejo del alma

Este experto en artes marciales reconvertido a actor ostenta el récord Kinder por mayor número de emociones representadas con el mismo rictus. Su mirada implacable lo mismo te dice que te va a partir la tibia y el peroné de un certero golpe de antebrazo, como te anuncia que te va a plantar un beso (no sé qué prefiero).

Empezó sabiendo cuál era su campo: hizo de instructor de artes marciales para, entre otras, esa película de no-Bond protagonizada por Sean Connery, Nunca digas nunca jamás. En algún momento a finales de los ochenta, el espíritu del jefe indio Jerónimo le aconsejó, con más guasa que sabiduría, que se pusiese delante de la cámara. La misma sádica aparición debió revelarle que, ya que quedaba claro que era un actor cojuno, ¿por qué no pasarse a la dirección?

Así las cosas, en 1994 se estrenó la primera y única (alabado sea Buddha) película dirigida y protagonizada por Steven Seagal, En tierra peligrosa. Es un vehículo tan descaradamente diseñado para el lucimiento de su protagonista, que el drama se torna comedia gracias al patetismo inentencionado de todo el conjunto. Una de sus virtudes es, precisamente, ese encanto especial que tiene lo que se supone que debe ser tomado en serio pero que invetiblamente despierta condescendientes carcajadas.

Veamos un ejemplo:

Empezamos mal; y no por preguntarle a un americano profundo y enorme si es un hombre, si no por lo hortera que viste el tío. Igual le robó la chupa al Ranger Norris, porque se dió cuenta de que Chuck es en realidad un meapilas llorón a diferencia de la imagen de semi-Dios difundida por Internet. O tal vez tiene el fondo de armario de una boy band de nativos americanos.

Sea lo que sea, se lo cree. Con una seguridad pasmosa, y desoyendo las advertencias del respetable que presencia el duelo (“Oh, Jesus”), propone al malo malísimo que acaba pegarle a alguien inocente jugar al calienta manos. La expresión del villano cambia, pues ¿quién no se asustaria si un desconocido con coleta y pintas de haber dejado los Village People le dijera que, en caso de fallar, él “tiene un intento”?

Pero el bueno de Seagal no pondría en duda su virilidad para desestimar la de otro, así que convierte al rudo pueblerino en una Barbie llorona a base de ganchos a la boca del estómago. Seagal, que es un narrador consumado, sabe que eso no basta para mantener el interés, y decide darle intensidad a la acción mofándose de su víctima: “You’re a man, right? PUT YOUR HANDS UP. PUT YOUR HANDS UP”. Muy convincente, y además el malo se lo merece.

La segunda vez que lo tira el suelo opta por un comic relief, y hace jocosos comentarios de lo que acaba de vomitar el receptor de su puño implacable. La tercera tanda de golpes es más contundente si cabe, y uno empieza a preguntarse dónde quiere ir a parar con tanta humillación. Terminamos con una dramatización que responde a la cuestión:

Ed Horowitz: Vale, acabas de darle una tunda buena y le has humillado en público. Queda claro que le has dado la lección. ¿Cerramos la escena?

Steven Seagal (voz profunda y mirada estreñida): No, Ed, no. No lo entiendes. Debe aprender a cambiar. Yo no reparto gratis. Mis golpes son la lección que necesitan los hombres que han tomado el camino equivocado en sus vidas. El villano debe encontrar su nuevo yo.

E.H.: … ¿y cómo prefieres que te la chupe?

S.S.: El sarcasmo es propio de los débiles. Si me vienes con otra de esas te parto el cuello con el meñique… Lo que quiero es una frase que le haga pensar, a la vez que deje entrever la humildad que desprendo a pesar de ser superior.

E.H.: Ya… (entre risas disimuladas) Pues le preguntas que qué hace falta para cambiar, a ver… la esencia, eso, de un hombre, y él te dice que… le hace falta tiempo, mientras empieza a llorar.

S.S.: ¡Exacto! ¡Buen trabajo! (Ed desvía la mirada). Y para terminar le contesto que yo también necesito tiempo, subimos violines y ¡Fade out!. Una escenaca.

E.H.: ¿Y eso por qué? ¿Si eras tú el que dabas las lecciones? ¿O el tiempo lo vas a invertir en otra cosa, dándole un toque de misterio al asunto?

S.S.: Ed, observa mi meñique…

E.H.: ¡Vale, vale! Lo que tú digas.