Inicié el blog con fuerza, y aunque pueda parecer que en los últimos días he flaqueado, nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que he estado bastante tiempo escribiendo sobre Tiburón, de Spielberg, y una vez terminada la crítica he tenido que diseñar la página estándar para las películas comentadas y un logo molón. Estas dos últimas cosas casi me llevan más tiempo que la primera, pero ya está todo a punto.
Como habréis observado, esta imagen es nueva en el blog:

Hará las veces de estrella en las críticas y será el icono que acompañe al hasta ahora solitario http ¿mascota? ¿qué es eso?
Por otro lado, surge una nueva sección, que no categoría, de esas que van a la izquierda. Es un índice de las películas sobre las que he escrito, ordenado alfabéticamente. Sí, ahora sólo hay una y no hay necesidad de ordenar, pero espero que tengáis que darle a la ruedecilla del ratón algún día.
Sin más demora os dejo con Jaws:
Tiburón (1975), Steven Spielberg






Dirección: Steven Spielberg
Guión: Carl Gottlieb y Peter Benchley
Intérpretes: Roy Scheider, Robert Shaw, Richard Dreyfuss, Murray Hamilton.

El sol inclemente que calienta la playa no hace una excepción conmigo y me hace sudar; zambullirme en el agua es una reacción instintiva. Nado unos cuantos metros mar adentro disfrutando del contacto con el líquido que palia el bochorno. Observo el cielo, luego la playa; mi cabeza se queda en blanco mientras floto sin esfuerzo. De repente, un pensamiento alarmante me devuelve al mundo: ¿y si…? Miro a ambos lados y, al mirar hacia abajo, no puedo soportar ese abismo azul y regreso incómodo a la orilla. Tengo 12 años y miedo a ser devorado por un tiburón.
Esta experiencia personal, acerca de la inquietud que me invadía al sumergirme en el mar desde que vi Tiburón por primera vez, es un reflejo del impacto que esta película causó en el subconsciente de los bañistas de varias generaciones. Proporciona, además, la clave de su éxito: yo no veía el tiburón, lo intuía; allí sólo estaba yo y, sin embargo, en mi cabeza el gran blanco era tan real como el agua que me rodeaba. Durante la mayor parte de la película, el tiburón, aunque no se ve, sabemos que está ahí. Sugerir su presencia en lugar de mostrarlo es lo que aterroriza, pues no hay peor criatura que la que crea nuestra imaginación.[...]
Amity, una pequeña y apacible ciudad costera, se convierte a principios de verano en el buffet particular de un escualo de enormes proporciones. La primera víctima es una guapa adolescente que, animada por el alcohol, se baña desnuda en la última hora del día ajena al inminente peligro que acecha desde las profundidades. Después de un instante de sangre, gritos y aungustia, la calma vuelve a reinar en el anochecer.
Cuando se descubre su cadáver, al alcalde de Amity (Murray Hamilton) le interesa creer que la causa de la muerte es la hélice de una lancha motora, desoyendo así al jefe de policía Martin Brody. Las playas permanecen abiertas y el segundo en caer en las fauces del protagonista es un inocente niño. A raíz de este incidente, las playas se cierran y se organiza una disparatada búsqueda y captura del tiburón con un resultado aparentemente fructífero. El oceanógrafo Matt Hooper advierte sin embargo que han cazado un tiburón, no el tiburón.

En una furtiva salida nocturna, Hooper y Brody descubren los restos de un pequeño pesquero, diente descomunal y cabeza humana en estado de putrefacción incluídos, confirmando que el malo anda suelto todavía. Pero es 4 de julio (Día de la Independencia) y las playas no se cierran en la jornada de mayor afluencia por evidente que sea el peligro. Ocurre lo previsible e inevitable: la máquina de matar ataca de nuevo llevándose la vida de un hombre adulto. La escena la presencian un grupo de niños, entre ellos el hijo mayor de Brody, que salvan sus vidas de milagro. Finalmente el alcalde entra en razón y la temporada estival queda indefinidamente clausurada. Se contratan, a su vez, los servicios del tosco lobo de mar Quint, quien, en compañía de Hooper y Brody, emprende una travesía al encuentro del Leviatán.
Jaws está dividida en dos partes fácilmente diferenciables: desde el principio hasta que el Orca se hace a la mar, y de ahí hasta el final. En la primera se presenta a los personajes que protagonizarán la segunda, sólo que la presentación del tiburón se alarga, no ya para prepararnos mejor para lo que viene a continuación, sino como justificante de una búsqueda de emociones fuertes.
Spielberg despliega todo su talento visual e inteligentes recursos para mantener siempre la tensión y el suspense salvo en los necesarios intervalos cómicos. Hay numerosos ejemplos de su virtuosismo, como el tecleo firme e intermitente en la máquina de escribir de las palabras shark attack, cuando el jefe de policía rellena la casilla del informe del primer ataque que reza probable cause of death (posible causa de muerte). Nunca vemos plenamente los restos de las víctimas, sólo fragmentos que insinúan el conjunto; en su lugar, se aprecian fotografías de terribles lesiones por mordedura de tiburón en el libro que ojea Brody. Hay una escena en la que un par de hombres intentan pescar al tiburón desde un muelle. El tiburón pica con tanta fuerza que el final del muelle, al que estaba encadenado el trozo de carne que servía de señuelo, se desprende del resto enviando al agua al infeliz pescador. Vemos entonces que el pedazo flotante se gira y avanza de vuelta hacia la orilla, mientras el accidentado nada por su vida. Spielberg invita al espectador a crear el tiburón ayudándose únicamente de un trozo de madera en movimiento; es una forma magistral e inteligentísima de sugestión, sencilla y efectiva.


En la segunda parte se añaden dos detalles importantes al film: se combina el suspense con la aventura y se desarrolla una camaradería Fordiana entre tres personajes distintos y bien complementados. Martin Brody es un recién llegado de Nueva York. Su miedo al agua le convierte en un inadaptado, se mueve por lares que no le pertenecen; el detalle sutil de golpearse con un cartel en la cabeza, cuando camina por el pasillo que da a la sala de la reunión convocada por la muerte del niño, es una muestra de su torpeza e incomodidad. Roy Scheider dejó atrás un policía (French Connection) para dar vida a otro bien distinto: un padre de familia vulnerable preocupado por la seguridad de sus hijos. Es quizás la figura paterna que a Spielberg le hubiera gustado tener en su difícil infancia (su progenitor se parecía más al ensimismado protagonista de Encuentros en la tercera fase).
Entusiasta y enérgico, Hooper (Richard Dreyfuss) es como un niño grande al que le divierte jugar a ser Cousteau. Posee gracias a su trabajo algunos conocimientos acerca de gobernar un barco, lo que ocasiona enfrentamientos inocuos y divertidos con el tosco y altivo Quint, cuya aparición en la película es una de las más memorables de la historia del cine.
Cuando el alcalde, representantes del pueblo y el jefe de policía discuten confusamente la manera de librarse de la amenaza, unas uñas rasgan la pizarra y el chirriante ruido atrae las miradas de la algarabía. El hombre de aspecto rudo que reclama atención está sentado delante de un dibujo de sencillos trazos que representa a un tiburón devorando a una persona. Entonces, un Robert Shaw enigmático, habla: You all know me. Know how I earn a livin’. I’ll catch this bird for you, but it ain’t gonna be easy. Bad fish. Not like going down to the pond and chasing bluegills and tommycocks. This shark, swallow you whole [...] En apenas un par de minutos tenemos la sensación de conocer al personaje de toda la vida.
Una vez en el barco, Brody, Hooper y Quint tienen tiempo de conocerse y de fraguar algo parecido a una amistad. En una escena de noche dentro del barco, Quint y Hooper se enseñan sus respectivas cicatrices, compitiendo como escolares, y se percibe el ambiente distendido y animado. Spielberg, sin embargo, no renuncia en ningún momento a jugar con el espectador, y la atmósfera cambia cuando una de las cicatrices da lugar a otra intervención estelar de Quint en la que relata una experiencia personal durante la Segunda Guerra mundial: el hundimiento del Indianápolis dejó durante mucho tiempo a la deriva a sus ocupantes; nadie acudió al rescate porque se trataba de una misión secreta y los tiburones se dieron un banquete con los supervivientes. Estamos de nuevo en alerta por culpa del retorcido director.

Para entonces el tiburón ya se ha dejado ver. La primera vez no podemos no estar de acuerdo con Brody (You’re gonna need a bigger boat), y en las sucesivas la maquinaria diseñada por Joey Alves y su equipo, apodada Bruce, es lo suficientemente plausible como para no reirnos de todo aquello. Aunque Bruce no era perfecto y no le ayudó la escena en la que se sube, literalmente, al barco, funciona mucho mejor que los tiburones digitales de Deep Blue Sea, por ejemplo, y está hecho en una época en que la maquetación concienzuda conseguía resultados sorprendentes. Eso sí, dió dolores de cabeza a más de uno.
Por culpa del tiburón mecánico, entre otras cosas, tuvieron que reorganizar el plan de producción de un caótico rodaje que triplicó el coste inicial estimado, duró cuatro veces más de lo previsto y casi acaba con una película problemática desde el principio. Carl Gottlieb y Peter Benchley aparecen como los guionistas, pero el guión pasó por muchas otras manos, como las de Howard Sackler o John Milius. Entre otros avatares acuáticos, el Orca se hundió inesperadamente y con él dos cámaras con su indispensable película dentro, aunque finalmente se recuperaron. Richard Dreyfuss estaba convencido de que aquello era un fracaso e iba de juerga en juerga y en los recesos criticaba al director públicamente. Esperaron demasiado para rodar las escenas marinas, la temporada de navegación comenzó y se perdieron horas esperando a que los veleros salieran del plano. El presidente de la Universal, Sid Sheinberg, preguntó a los productores Zanuck y Brown y a Spielberg “¿por qué no debería clausurar la película?”, e incluso se especuló con despedir a este último.
A pesar de todo, el proyecto salió adelante, obtuvo un éxito rotundo de público y confirmó a Spielberg como un director de primera categoría. A sus 26 años superó todas las trabas que surgieron y su característico lenguaje visual se fraguó definitivamente en un vehículo perfecto: el thriller. La inolvidable composición que hizo John Williams con claras reminiscencias Hermannianas puso la guinda a un emocionante largometraje que sigue inquietando hoy día. Doy fe de ello.