Déjà vu en Super 8

Se está produciendo una especie de fenómeno caníbal. Productores, guionistas y directores han adquirido la costumbre de rodar una y otra vez las películas que en pasado demostraron tener algo que las convertía en éxito de taquilla. No quiero decir que sencillamente vuelvan a realizarlas. Las desmenuzan en los elementos de que están compuestas, estudian estos elementos exahustivamente y después vuelven a utilizarlos ordenándolos de un modo diferente como partes de una nueva historia, dependiendo de ellos para que la nueva película tenga el mismo atractivo que la primera vez.

- George Stevens en Wiliam R. Weaver, “Seek new ways, says Stevens”, MPHerald, pág. 168, nº 2

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Ciclo David Lean en el Cine Doré

Con motivo del centenario del nacimiento de David Lean, este mes en el Cine Doré exhiben sus mejores películas. No va a faltar ninguna de las grandes: Breve encuentro, Cadenas rotas, Oliver Twist, El puente sobre el río Kwai, Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago… Muchas de éstas las ponen más de un día así que no hay excusa para perdérselas. Echalde un vistazo a la programación.

puente sobre el rio kwai
Exacto, también ponen la trilogía de El padrino, pero el aforo es limitado y debes entrar con invitación ¿Invitación de quién, digo yo? Igual nos organizamos y puedo invitar a unos cuantos… No cuela. Una pena no poder disfrutarlas en la gran pantalla, sobre todo la primera entrega; no sé de nadie que no le encante.

Volvamos a Lean. Inglés de nacimiento, es uno de los iconos del cine americano. Su trabajo estuvo y está ampliamente reconocido por la crítica, el público y directores coetáneos y actuales. Lawrence de Arabia, por ejemplo, está entre las mejores películas de las historia del cine en casi todas las listas que periódicamente publican revistas o academias de cine. Su influencia en el cine posterior, especialmente en las superproducciones, ha sido más que notable.

A esta breve e impersonal presentación yo añadiría una anécdota para captar vuestro interés: Steven Spielberg asistió a una proyección de Lawrence de Arabia con el propio Lean comentando la película. Spielberg cuenta que fue una de las mejores experiencias de su vida y que influyó directamente en el cine que hizo desde entonces.

En el Doré desgraciadamente no estará David Lean para comentar sus películas, pero si vivís en Madrid es una estupenda oportunidad de comprobar que, a diferencia de hoy en día, superproducción y obra maestra no son términos incompatibles. Yo por mi parte iré el domingo a ver Oliver Twist para abrir boca, y sé de uno que me acompañará a ver al menos El puente sobre el río Kwai.

Gracias, pero estoy servido

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008)

Indiana Jones y el reino... poster

Dirección: Steven Spielberg

Guión: David Koepp

Intérpretes: Harrison Ford, Karen Allen, Cate Blanchett, Shia LaBeouf

Indiana Jones, ese profesor de universidad y arqueólogo que blande con pericia el látigo, tiene el gancho de Cassius Clay y odia las serpientes, forma parte de la cultura popular y la historia del cine del siglo XX. Se ganó un hueco en ambas con una obra maestra del cine de acción y aventuras, En busca del arca perdida, y cultivó esa leyenda con dos magníficas secuelas. La expectación levantada por la cuarta entrega de la saga ha sido, lógicamente, enorme, y se conjura con la nostalgia para socavar la objetividad. Como fan de Indiana Jones y en especial de su primera entrega, El reino de la calavera de cristal ha supuesto una decepción, pero alguien me dijo que las películas deben criticarse por lo que son y no por lo que quieres que sean.

En su momento hablé del trajín en el que se vio envuelto el guión. Lo curioso es que tras todo esos avatares han dado con uno convencional y, sobre todo, con muy poco del genuino humor de sus predecesores. El leit motiv en esta ocasión es una calavera de cristal con extraños poderes, perteneciente a una ciudad perdida donde al parecer se encuentra El Dorado. Los rusos y su malísima y atractiva Irina Spalko (Cate Blanchett) la quieren, Indy la quiere, un chuleta motero (Shia LaBeouf) la quiere, un ex-agente del MI6 “amigo” del protagonista (Ray Winstone) también la quiere, y todos por distintas razones. Además estan Marion Ravenwood (Karen Allen) que vuelve para sentar la cabeza de su amado, y el profesor Oxley (John Hurt), un pobre enajenado que sabe bastante (ha estado en el lugar de donde procede la calavera) pero que no se acuerda de mucho. Poco más se puede decir sin desvelar las sorpresas que guarda el guión, sin que ello signifique que sea sorprendente.

Cuando salí del cine tuve la impresión de haber asistido a cualquier cosa menos a una película de Indiana Jones. Su mito, aunque tiene puntos convergentes, es único para cada persona, y al revisarlo te mueves por un terreno inestable. Lo que quiero decir es que hacer una película, 19 años después, que se ajuste a la imagen que tenemos del personaje es muy difícil y seguramente innecesario; por eso al principio anduve sin rumbo y desilusionado. Pasados los días he podido apreciar lo que tiene de bueno esta película.

Por ejemplo, el suspense de la inquietante escena en la que Indy se encuentra con maniquís en vez de personas, en una ciudad fantasma que sirve de campo de tiro para pruebas nucleares. Se inicia la cuenta atrás y bajo semejante presión el único resguardo es una nevera que le salva la vida. “¡Venga ya!”; vale, pero nadie se quejó cuando un brujo arrancaba el corazón con la mano y lo alzaba triunfal mientras éste aun latía. La cuestión es si funciona o no la escena, y ambas lo hacen.

En la explosión de la bomba, de unos cuantos megatones por cierto, los efectos digitales cumplen su cometido. Luego llegan los monos y las hormigas al más puro estilo La momia. No es que los de ILM no hagan bien su trabajo, es que está mal aplicado. El objetivo debería ser imitar la realidad lo justo para que el espectador la adapte a la suya propia; podemos saber que hay truco mientras nuestra cabeza haga el resto. Esta y otras películas actuales quieren parecerse tanto a lo que representan que se desvelan inevitablemente como un doble y nada más.

¡Qué contraste entre las grotescas lianas y la persecución en moto por la ciudad! Cuando Indy pasa de la Harley al coche, reparte golpes entre sus ocupante y sale por la ventanilla de vuelta a la moto se me cortó la respiración. Una proeza así, digna de compararse con las caídas de caballo de los westerns clásicos, no puede dejarte indiferente. Por supuesto que lo principal es la dirección impecable de Spielberg, genial por momentos, pero en esta ocasión no tenemos simios que nos distraigan.

El look cincuentón de la primera mitad está muy conseguido. La puesta en escena y en especial la fotografía reflejan fielmente el cambio de década. Han pasado casi 20 años, el mundo no es el mismo y se nota. Tampoco es el mismo Henry Jones Jr., hábil y correoso en la batalla todavía, pero más maduro y en busca una estabilidad que encuentra al final gracias a Marion. Sin embargo, Harrison Ford mantiene el aire picaresco con su gesto único. Otro cambio significativo es el de los nazis por rusos menos carismáticos, quizás porque Spielberg tenía motivos personales para hacerselas pasar canutas a los primeros y la estrella roja le da un poco igual.

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal es entretenida, tiene muchos ingredientes de los que hicieron famosas a las anteriores, le faltan otros tantos y no añade casi ninguno nuevo. Merece la pena ir a verla aun a riesgo de que defraude, y tanto si gusta como si no, se siente la imperiosa necesidad de versionar a los Beatles y cantarle a George Lucas un sincero Let it be.

¿Qué hay de nuevo, viejo?

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal es el título, Harrison Ford el protagonista y Steven Spielberg el hombre detrás de la cámara. El día D: 22 de mayo de 2008.

Indy y una gran calavera probablemente maligna

Durante muchos años la cuarta aventura de Indiana Jones fue un rumor, un proyecto ficticio, un espejismo. A principios de los noventa George Lucas paró todo lo relacionado con la película por su segunda trilogía de La guerra de las galaxias. Un Harrison Ford envejecido suponía un problema para un guión que pasaría por las manos de medio Hollywood. M. Night Shyamalan, Stephen Gaghan, Tom Stoppard, hasta que en 2002 se contrató a Frank Darabont. En 2003 entregó un guión que maravilló a Spielberg pero no convenció a George Lucas, que lo envió diréctamente a la papelera. El cabreo de Darabont era de esperar; en 2006 declaró:

Trabajé un año en ello. Trabajé codo con codo con Spielberg. Él estaba entusiasmado con el resultado y listo para rodar hace dos años. [...] Lucas lo leyó y dijo “No sé, no me gusta”, y había que empezar de cero cuando Spielberg estaba preparado para rodarlo ese mismo año, lo que es como una patada en las pelotas. Será culpa de Lucas si Indiana Jones 4 no ve la luz.

Por suerte no le culparemos. Jeff Nathanson sustituyó a Darabont y su guión pasó a manos de David Koepp. Semejante trajín dió por fin su resultado y lo escrito por Koepp e inspirado por muchos comenzó a filmarse en junio del año pasado. El rodaje y la post-producción se han llevado con un secretismo absoluto, y lo único que ha transcendido son los posters de rigor, unas cuantas imágenes y este trailer:

Supongo que la mayoría lo habrá visto ya. Mola, ¿verdad? Pues hasta mayo ajo y agua. Mientras, podemos hacernos unas cuantas preguntas: ¿Era necesaria otra secuela? ¿Estará a la altura de sus precedentes? ¿A Hollywood le quedan pocas ideas y por eso es prolijo en secuelas y ‘remakes’? Vale, eso me da igual, ¿Qué aventuras correrá Indy? ¿Qué es una “calavera de cristal”? Igual podemos averiguar algo echándole un vistazo al último poster:

El clásico cartel con todo quisqui

Indy tiene un gesto ligeramente apático, como si estuviera hasta los cojones de pegar latigazos. Aunque quizás no es eso y mira con la sabiduría que otorgan los años. Lo que está claro es que la única que se lo pasa pipa es Karen Allen, que ofrece un curioso contraste con la diabólica y relampageante calavera. Unos ¿mayas? parecen molestos con nuestro arqueólogo, mientras Shia Lebouf ensaya pose chulesca al estilo Easy Rider.

Me quedo igual. No hay más solución que esperar paciente dos meses. Pero si el ansia asfixia y la duda inquieta no desesperéis, recordad por qué el género de aventuras no sería lo mismo sin Indiana Jones:

El logo y el tiburón

Inicié el blog con fuerza, y aunque pueda parecer que en los últimos días he flaqueado, nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que he estado bastante tiempo escribiendo sobre Tiburón, de Spielberg, y una vez terminada la crítica he tenido que diseñar la página estándar para las películas comentadas y un logo molón. Estas dos últimas cosas casi me llevan más tiempo que la primera, pero ya está todo a punto.

Como habréis observado, esta imagen es nueva en el blog:

Hará las veces de estrella en las críticas y será el icono que acompañe al hasta ahora solitario http ¿mascota? ¿qué es eso?

Por otro lado, surge una nueva sección, que no categoría, de esas que van a la izquierda. Es un índice de las películas sobre las que he escrito, ordenado alfabéticamente. Sí, ahora sólo hay una y no hay necesidad de ordenar, pero espero que tengáis que darle a la ruedecilla del ratón algún día.

Sin más demora os dejo con Jaws:

Tiburón (1975), Steven Spielberg

Dirección: Steven Spielberg

Guión: Carl Gottlieb y Peter Benchley

Intérpretes: Roy Scheider, Robert Shaw, Richard Dreyfuss, Murray Hamilton.

El sol inclemente que calienta la playa no hace una excepción conmigo y me hace sudar; zambullirme en el agua es una reacción instintiva. Nado unos cuantos metros mar adentro disfrutando del contacto con el líquido que palia el bochorno. Observo el cielo, luego la playa; mi cabeza se queda en blanco mientras floto sin esfuerzo. De repente, un pensamiento alarmante me devuelve al mundo: ¿y si…? Miro a ambos lados y, al mirar hacia abajo, no puedo soportar ese abismo azul y regreso incómodo a la orilla. Tengo 12 años y miedo a ser devorado por un tiburón.

Esta experiencia personal, acerca de la inquietud que me invadía al sumergirme en el mar desde que vi Tiburón por primera vez, es un reflejo del impacto que esta película causó en el subconsciente de los bañistas de varias generaciones. Proporciona, además, la clave de su éxito: yo no veía el tiburón, lo intuía; allí sólo estaba yo y, sin embargo, en mi cabeza el gran blanco era tan real como el agua que me rodeaba. Durante la mayor parte de la película, el tiburón, aunque no se ve, sabemos que está ahí. Sugerir su presencia en lugar de mostrarlo es lo que aterroriza, pues no hay peor criatura que la que crea nuestra imaginación.[...]

Amity, una pequeña y apacible ciudad costera, se convierte a principios de verano en el buffet particular de un escualo de enormes proporciones. La primera víctima es una guapa adolescente que, animada por el alcohol, se baña desnuda en la última hora del día ajena al inminente peligro que acecha desde las profundidades. Después de un instante de sangre, gritos y aungustia, la calma vuelve a reinar en el anochecer.

Cuando se descubre su cadáver, al alcalde de Amity (Murray Hamilton) le interesa creer que la causa de la muerte es la hélice de una lancha motora, desoyendo así al jefe de policía Martin Brody. Las playas permanecen abiertas y el segundo en caer en las fauces del protagonista es un inocente niño. A raíz de este incidente, las playas se cierran y se organiza una disparatada búsqueda y captura del tiburón con un resultado aparentemente fructífero. El oceanógrafo Matt Hooper advierte sin embargo que han cazado un tiburón, no el tiburón.

En una furtiva salida nocturna, Hooper y Brody descubren los restos de un pequeño pesquero, diente descomunal y cabeza humana en estado de putrefacción incluídos, confirmando que el malo anda suelto todavía. Pero es 4 de julio (Día de la Independencia) y las playas no se cierran en la jornada de mayor afluencia por evidente que sea el peligro. Ocurre lo previsible e inevitable: la máquina de matar ataca de nuevo llevándose la vida de un hombre adulto. La escena la presencian un grupo de niños, entre ellos el hijo mayor de Brody, que salvan sus vidas de milagro. Finalmente el alcalde entra en razón y la temporada estival queda indefinidamente clausurada. Se contratan, a su vez, los servicios del tosco lobo de mar Quint, quien, en compañía de Hooper y Brody, emprende una travesía al encuentro del Leviatán.

Jaws está dividida en dos partes fácilmente diferenciables: desde el principio hasta que el Orca se hace a la mar, y de ahí hasta el final. En la primera se presenta a los personajes que protagonizarán la segunda, sólo que la presentación del tiburón se alarga, no ya para prepararnos mejor para lo que viene a continuación, sino como justificante de una búsqueda de emociones fuertes.

Spielberg despliega todo su talento visual e inteligentes recursos para mantener siempre la tensión y el suspense salvo en los necesarios intervalos cómicos. Hay numerosos ejemplos de su virtuosismo, como el tecleo firme e intermitente en la máquina de escribir de las palabras shark attack, cuando el jefe de policía rellena la casilla del informe del primer ataque que reza probable cause of death (posible causa de muerte). Nunca vemos plenamente los restos de las víctimas, sólo fragmentos que insinúan el conjunto; en su lugar, se aprecian fotografías de terribles lesiones por mordedura de tiburón en el libro que ojea Brody. Hay una escena en la que un par de hombres intentan pescar al tiburón desde un muelle. El tiburón pica con tanta fuerza que el final del muelle, al que estaba encadenado el trozo de carne que servía de señuelo, se desprende del resto enviando al agua al infeliz pescador. Vemos entonces que el pedazo flotante se gira y avanza de vuelta hacia la orilla, mientras el accidentado nada por su vida. Spielberg invita al espectador a crear el tiburón ayudándose únicamente de un trozo de madera en movimiento; es una forma magistral e inteligentísima de sugestión, sencilla y efectiva.


En la segunda parte se añaden dos detalles importantes al film: se combina el suspense con la aventura y se desarrolla una camaradería Fordiana entre tres personajes distintos y bien complementados. Martin Brody es un recién llegado de Nueva York. Su miedo al agua le convierte en un inadaptado, se mueve por lares que no le pertenecen; el detalle sutil de golpearse con un cartel en la cabeza, cuando camina por el pasillo que da a la sala de la reunión convocada por la muerte del niño, es una muestra de su torpeza e incomodidad. Roy Scheider dejó atrás un policía (French Connection) para dar vida a otro bien distinto: un padre de familia vulnerable preocupado por la seguridad de sus hijos. Es quizás la figura paterna que a Spielberg le hubiera gustado tener en su difícil infancia (su progenitor se parecía más al ensimismado protagonista de Encuentros en la tercera fase).

Entusiasta y enérgico, Hooper (Richard Dreyfuss) es como un niño grande al que le divierte jugar a ser Cousteau. Posee gracias a su trabajo algunos conocimientos acerca de gobernar un barco, lo que ocasiona enfrentamientos inocuos y divertidos con el tosco y altivo Quint, cuya aparición en la película es una de las más memorables de la historia del cine.

Cuando el alcalde, representantes del pueblo y el jefe de policía discuten confusamente la manera de librarse de la amenaza, unas uñas rasgan la pizarra y el chirriante ruido atrae las miradas de la algarabía. El hombre de aspecto rudo que reclama atención está sentado delante de un dibujo de sencillos trazos que representa a un tiburón devorando a una persona. Entonces, un Robert Shaw enigmático, habla: You all know me. Know how I earn a livin’. I’ll catch this bird for you, but it ain’t gonna be easy. Bad fish. Not like going down to the pond and chasing bluegills and tommycocks. This shark, swallow you whole [...] En apenas un par de minutos tenemos la sensación de conocer al personaje de toda la vida.

Una vez en el barco, Brody, Hooper y Quint tienen tiempo de conocerse y de fraguar algo parecido a una amistad. En una escena de noche dentro del barco, Quint y Hooper se enseñan sus respectivas cicatrices, compitiendo como escolares, y se percibe el ambiente distendido y animado. Spielberg, sin embargo, no renuncia en ningún momento a jugar con el espectador, y la atmósfera cambia cuando una de las cicatrices da lugar a otra intervención estelar de Quint en la que relata una experiencia personal durante la Segunda Guerra mundial: el hundimiento del Indianápolis dejó durante mucho tiempo a la deriva a sus ocupantes; nadie acudió al rescate porque se trataba de una misión secreta y los tiburones se dieron un banquete con los supervivientes. Estamos de nuevo en alerta por culpa del retorcido director.

Para entonces el tiburón ya se ha dejado ver. La primera vez no podemos no estar de acuerdo con Brody (You’re gonna need a bigger boat), y en las sucesivas la maquinaria diseñada por Joey Alves y su equipo, apodada Bruce, es lo suficientemente plausible como para no reirnos de todo aquello. Aunque Bruce no era perfecto y no le ayudó la escena en la que se sube, literalmente, al barco, funciona mucho mejor que los tiburones digitales de Deep Blue Sea, por ejemplo, y está hecho en una época en que la maquetación concienzuda conseguía resultados sorprendentes. Eso sí, dió dolores de cabeza a más de uno.

Por culpa del tiburón mecánico, entre otras cosas, tuvieron que reorganizar el plan de producción de un caótico rodaje que triplicó el coste inicial estimado, duró cuatro veces más de lo previsto y casi acaba con una película problemática desde el principio. Carl Gottlieb y Peter Benchley aparecen como los guionistas, pero el guión pasó por muchas otras manos, como las de Howard Sackler o John Milius. Entre otros avatares acuáticos, el Orca se hundió inesperadamente y con él dos cámaras con su indispensable película dentro, aunque finalmente se recuperaron. Richard Dreyfuss estaba convencido de que aquello era un fracaso e iba de juerga en juerga y en los recesos criticaba al director públicamente. Esperaron demasiado para rodar las escenas marinas, la temporada de navegación comenzó y se perdieron horas esperando a que los veleros salieran del plano. El presidente de la Universal, Sid Sheinberg, preguntó a los productores Zanuck y Brown y a Spielberg “¿por qué no debería clausurar la película?”, e incluso se especuló con despedir a este último.

A pesar de todo, el proyecto salió adelante, obtuvo un éxito rotundo de público y confirmó a Spielberg como un director de primera categoría. A sus 26 años superó todas las trabas que surgieron y su característico lenguaje visual se fraguó definitivamente en un vehículo perfecto: el thriller. La inolvidable composición que hizo John Williams con claras reminiscencias Hermannianas puso la guinda a un emocionante largometraje que sigue inquietando hoy día. Doy fe de ello.