Traumas por fantasmas

Advertencia: sutiles spoilers a continuación.

No recuerdo la última vez que en una película (especialmente de terror) el escéptico y/o experto tuviera razón al final. Sí, ese personaje que no participa de la histeria colectiva o de la del protagonista y que cae en la cuenta de su error cuando ya es tarde para evitar consecuencias. Obviando a los que tienen conflictos de intereses y son personajes de moralidad dudosa (como el alcalde de Amytiville en Tiburón) o directamente unos hijos de puta (como el doctor Sapirstein en La semilla del diablo o Ash en Alien), nos queda una buena colección de dudosos e incrédulos que se niegan a favorecer la probable paranoia frente a lo que dictan su experiencia y sus conocimientos, y que tras conocer pruebas irrefutables de su miopía desaparecen de la película avergonzados (Dr. Silverman, Terminator 2) o fiambres (incontables ejemplos, pero uno paradójico es el del doctor Malcolm Crowe en El sexto sentido).

Intruders, en la que Juan Carlos Fresnadillo dirige un solidísimo guión de Nicolás Casariego y Jaime Marques, devuelve un poco de dignidad a la maltratada figura (aquí en la forma de una amable y muy profesional psicóloga) e impulsa modestamente el pensamiento científico en un género dominado por el mágico -la escena final, en lugar de ser una caza de brujas, es terapia en familia.

Que no es que me queje, que me encanta El exorcista, pero la sorpresa y el cambio fueron gratos. Igual mi reciente idolatría hacia Richard P. Feynman o Carl Sagan contribuyó a que encontrara Intruders tan reveladora.