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Buster Keaton: El espantapájaros (1920)

Buster Keaton es uno de mis ídolos cinematográficos. De todos los cómicos de cine mudo es mi preferido, y El maquinista de la general se encuentra entre una de las películas que más me gustan de la historia del cine.

Además de sus largometrajes, la filmografía de Buster Keaton está repleta de pequeñas joyas en forma de cortos que realizó desde 1920 hasta 1929, cuando el sonido se había impuesto definitivamente y ya nadie estaba interesado en hacer películas en las que no se hablara.

He escogido El espantapájaros sin ningún motivo en particular. Iré poniendo todos aquellos cortos que encuentre, porque mi objetivo es que aquel que no conozca el genio de Keaton lo descubra y se dé cuenta de lo divertidas que siguen siendo sus obras más de ochenta años después. Esto se debe quizás a que el blanco y negro y la ausencia de palabras hacen del mudo un lenguaje basado exclusivamente en la imagen, es cine puro que no pretende parecerse a la realidad, sino que más bien crea un universo paralelo y atemporal.

El corto está dividido en dos partes, no siguiendo una lógica narrativa, sino simplemente porque en Youtube los vídeos largos pierden calidad.

Entre Keaton y los demás elementos que componen la escena existe una coordinación perfecta que tiene un fluir continuo y asombroso, casi musical. Sus pericias entrañan serios riesgos físicos, saltos, carreras y caídas que serían un peligro para la salud de cualquiera, pero que su naturalidad al ejecutarlos nos dice que no pasa nada, que ante la adversidad a sacudirse el polvo y a seguir pa’lante. Por esa razón precisamente es tan gracioso: después de jugarse la vida no se para a decirnos “¡eh!, mira lo que acabo de hacer!”, sino que decido y voluntarioso continúa con su empresa, ya sea huir o conquistar a la chica.

El espantapájaros está lleno de momentos desternillantes. La casa en la que viven los dos protagonistas se rige por la ley del mínimo esfuerzo; todo en ella tiene más de una función, la ingeniosa mecánica que convierte un sillón en una bañera le da un nuevo sentido a lavar los platos o pasar la sal.

La persecución del perro tiene su momento álgido en la delgada estructura del techo de una casa en ruinas, donde una carrera en círculo se alarga hasta donde podría resultar reiterativo sino fuera por la destreza de Keaton y el calculado ritmo de la acción. Keaton, disfrazado de espantapájaros, patea el culo de su compañero y el del padre de la chica con la sencillez y la honestidad del humor menos cínico. Luego está, como no, la manera en que las circunstancias se conjuran para que ambos se casen, con la recogida express del cura y el “sí quiero” pasado por agua.

Buster Keaton es un genio de la comedia (y del cine). Para mi es inevitable volver una y otra vez a sus películas y no sonreir con espíritu renovado.