Recuerdo la anticipada excitación que me invadía hace ya unos años cuando iba al cine. En los estrenos de El rey León o Aladdin estaba emocionado ante una nueva de Walt Disney, la marca esa que aparecía antes de que empezaran a verse los dibujos animados en las películas que tanto me gustaban. De otra clase era la exaltación que sobrevenía al ir a ver, por ejemplo, una de Batman, un personaje que me era familiar y al que admiraba por su carisma y capacidad de arrear candela.
Pasado el tiempo han cambiado las películas que me ilusiona ver pero, por suerte, la sensación sigue intacta. Ahora acudo al cine esperando lo mejor de la última de los Coen, de Lynch, de Tarantino, de Mann o de Eastwood. Este último pertenece también a la segunda categoría, la de Batman. Y es que Clint Eastwood mola.
Pocos actores pueden interpretar tan bien el aplomo, la obstinación, el valor, la dureza o la frialdad, y casi ninguno transmitirlos con una mirada. Eastwood tiene una presencia en pantalla inconmensurable, es un gigante, a veces sabio, otras simplemente soberbio, que mira indiferente el mundo que le rodea y con el que tiene que relacionarse muy a su pesar. Los personajes a los que da vida parecen amoldarse a él y no al contrario, de forma que existe cierta continuidad entre ellos a lo largo de su carrera, sin que ello haga que veamos al actor en ningún momento. Es más, ¿Actúa?

El tiempo le ha otorgado sabiduría humana y cinematográfica (si acaso se puede establecer una clara diferencia entre ambas) y como extra ha respetado su salud. La feliz consecuencia es que a sus setenta y muchos pueda seguir poniéndose en la piel de esos hijos de puta entrañables como Harry el sucio o William Munny, o como el protagonista de Gran Torino.
Sé que además la dirige él, con la garantía que eso supone (Sin perdón, Los puentes de Madison, Mystic River, Million dollar baby, Cartas desde Iwo Jima…) pero iré a verla este viernes 6 de marzo por que aparece delante de la cámara, aunque sepa que también es omnipresente detrás.
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