2011 ha sido un año considerable de cine, como es habitual desde que don Liberato despertara definitivamente mi curiosidad en 4º de la ESO, cuando empecé a preocuparme en ver películas “buenas” y demandaba que tuvieran “mensaje”. Más de una década después tengo un blog y un corto. Quién sabe lo que puede pasar durante la siguiente. Sigue leyendo »
Hace unas semanas Bea me encomendó un estimulante cometido: elegir 12 fotogramas de películas en blanco y negro con las que decorar su cuarto. Fue una original petición que me encantó porque me dio la oportunidad de sumergirme en la autocomplaciente tarea de recordar películas que me gustan, como cuando hago recomendaciones, pero con un giro muy cinematográfico: debía escoger una imagen en particular.
Mis hijos siempre me preguntan: “¿Es en blanco y negro?” Porque siempre les pongo películas, y lo que más temen es que sea en blanco y negro. Y cuando les digo que sí, no quieren verla. Lo cierto es que la primera reacción instintiva de mis hijos, es que no quieren ver una película en blanco y negro. Pero entonces les digo que tienen que verla, y le prometo que a los 10 minutos de empezar no saben si es en blanco y negro o en color o si el formato es 1.66:1 o 2.35:1… están metidos en la película; y por lo general, si les ha gustado, cuando acaba están como locos.
Hace unos meses, con la excusa de ponernos al día, le enseñé mis cortos a Pablo y a Enrique, dos buenos amigos y compañeros de facultad que hacía tiempo que no veía. Existe siempre una incomodidad compartida y latente a la hora de mostrar tus creaciones a conocidos, porque uno desconfía de la imparcialidad del juicio y el otro teme verse obligado a esconder una mala reacción (“Los spaguettis están muy buenos”, dijo Fulanito mientras disimulaba el agrio espasmo que le recorrió la cara, sabiendo que Menganito no le quitaba ojo de encima). Enrique y especialmente Pablo, más expresivo, fueron honestos (con esa paz que da saber que lo estás siendo) cuando me dijeron que el último que les enseñé les gustó mucho. Creo que fue ése el punto de inflexión que me llevó a enseñarlo más y cuya consecuencia última es ésta entrada: necesité alimentar el ego para darme cuenta que no pasa nada si se queda con hambre.
Durante un tiempo, me resistí a subir Off-key(Desafinado en español), el corto final del curso que realicé en la NYU, por temas de derechos de autor (que no vienen al caso y entenderéis visto el corto), aunque secretamente, incluso para mí, era una sutil excusa para no exponer mis vergüenzas. Admitido que no son las consecuencias legales, irrisorias en el fondo, las que me impedían compartir mi obra más elaborada, entendí que me cuesta mucho superar que me equivoco. Mucho más difícil fue comprender que el error no sólo es ineludible, sino necesario, y que las creaciones no tienen sentido sin oyente, sin lector, sin espectador.
Así que aquí lo tenéis, gente de Internet. Prefiero no decir nada y responder cuestiones en los comentarios. Para mí, aunque tiene algunos puntos a su favor, no es un gran corto. Aunque lo que yo opine, la verdad, da un poco igual.
Nota: Se ve mucho mejor a pantalla completa y pulsando la opción “720p”.
Hace dos días, Miriam me pasó un vídeo de un señor del que no hubiese oído ni mu (a pesar de ser célebre en su campo) de no tener email y no exisitir Youtube; es lo que tiene Internet. Este señor -o Sir, como le dicen en Gran Bretaña- se llama Ken Robinson, y en una conferencia para la fundación TED expone una serie de ideas que han supuesto una revelación tan grande como la más reveladora de todas cuantas he tenido. En 19 minutos ha dado forma a pensamientos que vengo rumiando desde hace demasiado tiempo, y me ha guiado hasta conclusiones que han hecho que reinterprete acontecimientos decisivos de mi educación y mi vida. Ha sido como protagonizar el final de una película de M. Night Shyamalan, cuando, incrédulo, revisitas las escenas anteriores bajo el prisma de un nuevo descubrimiento que altera definitivamente lo visto hasta entonces.
Hace 5 ó 6 años descubrí la mayor fuente de infomación sobre cine que pude imaginar, IMDb.com. Cinéfilo en ciernes (aunque en etapa avanzada de desarrollo), el inmediato acceso a una base de datos interminable de películas, potenció mi inquietud y curiosidad hacia el cine. Era adictivo (y sigue siéndolo) perderse en la maraña de links que relacionaba directores, actrices, guionistas, productoras, montadores… el mundo del cine es un pañuelo, y yo navegaba por su merdiana demostración. ¡Qué ordenado estaba todo! ¡Qué fácil era encontrar lo que se buscaba! ¡Qué divertido ver que aquél había dirigido tal producida por éste, el mismo que mas tarde dirigió ésta escrita por ése que el primero rechazó! Por último, a modo de climax, supe que podías hacerte usuario, lo que suponía, principalmente, poder puntuar las películas. Eso significaba que no sólo el cine estaría clasificado, sino también mi cine, el que había visto y me pertenecía. Y comencé a puntuar, de forma impulsiva, toda película que recordara haber visto a lo largo de mi vida.