“Let’s go”; “Why not?”
Pike Bishop (William Holden) es el líder de un grupo de forajidos que se gana la vida asaltando trenes y robando bancos en el tardío oeste. La mayoría están viejos y cansados, llevan mucho tiempo haciendo lo mismo, pero eso no les ha hecho perder sus principios. Entre ellos figura el de defender a un amigo cueste lo que cueste.
Por eso le duele tanto a Pike y a los suyos ver como vejan y humillan a su compañero Ángel (Jaime Sánchez), arrastrado cruelmente por el coche del despótico y cobarde General Mapache (Emilio Fernández), un mejicano con pocos escrúpulos y mucho poder.

God I hate to see that! – exclama Pike cuando observa con rabia la tortura a la que están sometiendo a su amigo.
No more than I do – le contesta Dutch (Ernest Borgnine).

Intentan sin éxito pagar a Mapache para que les devuelva a Angel, pero el mezquino bigotudo se niega a deshacerse de su preciado juguete, y su ejército evidencia que intentar otra cosa sería un suicidio.
Media vuelta y a ahogar las penas en un burdel, intentando prolongar lo inevitable, ocultar lo evidente, callar lo que todos saben. Pero no por mucho tiempo. Pike, después de desahogarse en la lujuria, se viste, le da un trago a la botella de whisky y pierde la mirada por un momento… Se cuelga su revolver y entra en la habitación donde Lyle y Tector (Warren Oates y Ben Johnson, respectivamente) se lo han montado con una mejicana que reclama su dinero. Mira a uno, después a otro. Se entienden.

Let’s go - dice Pike entre dientes, que no puede obviar la verdad por más tiempo.

Why not? – responde Lyle, hablando por él y por todos.
Estas palabras, con sus gestos y miradas, otorgan una entidad dramática fundamental a la última escena de esta maravilla de Sam Peckinpah que es The Wild Bunch (Grupo salvaje). Los cuatro hombres caminan juntos para enfrentarse a su destino, porque no queda sino defender aquello en lo que creen; joder, lo primero es lo primero, a un amigo no se le deja solo.




