Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008)

por el 27/5/2008

Indiana Jones y el reino... poster

Dirección: Steven Spielberg

Guión: David Koepp

Intérpretes: Harrison Ford, Karen Allen, Cate Blanchett, Shia LaBeouf

27/05/2008
por Víctor Escribano

Indiana Jones, ese profesor de universidad y arqueólogo que blande con pericia el látigo, tiene el gancho de Cassius Clay y odia las serpientes, forma parte de la cultura popular y la historia del cine del siglo XX. Se ganó un hueco en ambas con una obra maestra del cine de acción y aventuras, En busca del arca perdida, y cultivó esa leyenda con dos magníficas secuelas. La expectación levantada por la cuarta entrega de la saga ha sido, lógicamente, enorme, y se conjura con la nostalgia para socavar la objetividad. Como fan de Indiana Jones y en especial de su primera entrega, El reino de la calavera de cristal ha supuesto una decepción, pero alguien me dijo que las películas deben criticarse por lo que son y no por lo que quieres que sean.

En su momento hablé del trajín en el que se vio envuelto el guión. Lo curioso es que tras todo esos avatares han dado con uno convencional y, sobre todo, con muy poco del genuino humor de sus predecesores. El leit motiv en esta ocasión es una calavera de cristal con extraños poderes, perteneciente a una ciudad perdida donde al parecer se encuentra El Dorado. Los rusos y su malísima y atractiva Irina Spalko (Cate Blanchett) la quieren, Indy la quiere, un chuleta motero (Shia LaBeouf) la quiere, un ex-agente del MI6 “amigo” del protagonista (Ray Winstone) también la quiere, y todos por distintas razones. Además estan Marion Ravenwood (Karen Allen) que vuelve para sentar la cabeza de su amado, y el profesor Oxley (John Hurt), un pobre enajenado que sabe bastante (ha estado en el lugar de donde procede la calavera) pero que no se acuerda de mucho. Poco más se puede decir sin desvelar las sorpresas que guarda el guión, sin que ello signifique que sea sorprendente.

Cuando salí del cine tuve la impresión de haber asistido a cualquier cosa menos a una película de Indiana Jones. Su mito, aunque tiene puntos convergentes, es único para cada persona, y al revisarlo te mueves por un terreno inestable. Lo que quiero decir es que hacer una película, 19 años después, que se ajuste a la imagen que tenemos del personaje es muy difícil y seguramente innecesario; por eso al principio anduve sin rumbo y desilusionado. Pasados los días he podido apreciar lo que tiene de bueno esta película.

Por ejemplo, el suspense de la inquietante escena en la que Indy se encuentra con maniquís en vez de personas, en una ciudad fantasma que sirve de campo de tiro para pruebas nucleares. Se inicia la cuenta atrás y bajo semejante presión el único resguardo es una nevera que le salva la vida. “¡Venga ya!”; vale, pero nadie se quejó cuando un brujo arrancaba el corazón con la mano y lo alzaba triunfal mientras éste aun latía. La cuestión es si funciona o no la escena, y ambas lo hacen.

En la explosión de la bomba, de unos cuantos megatones por cierto, los efectos digitales cumplen su cometido. Luego llegan los monos y las hormigas al más puro estilo La momia. No es que los de ILM no hagan bien su trabajo, es que está mal aplicado. El objetivo debería ser imitar la realidad lo justo para que el espectador la adapte a la suya propia; podemos saber que hay truco mientras nuestra cabeza haga el resto. Esta y otras películas actuales quieren parecerse tanto a lo que representan que se desvelan inevitablemente como un doble y nada más.

¡Qué contraste entre las grotescas lianas y la persecución en moto por la ciudad! Cuando Indy pasa de la Harley al coche, reparte golpes entre sus ocupante y sale por la ventanilla de vuelta a la moto se me cortó la respiración. Una proeza así, digna de compararse con las caídas de caballo de los westerns clásicos, no puede dejarte indiferente. Por supuesto que lo principal es la dirección impecable de Spielberg, genial por momentos, pero en esta ocasión no tenemos simios que nos distraigan.

El look cincuentón de la primera mitad está muy conseguido. La puesta en escena y en especial la fotografía reflejan fielmente el cambio de década. Han pasado casi 20 años, el mundo no es el mismo y se nota. Tampoco es el mismo Henry Jones Jr., hábil y correoso en la batalla todavía, pero más maduro y en busca una estabilidad que encuentra al final gracias a Marion. Sin embargo, Harrison Ford mantiene el aire picaresco con su gesto único. Otro cambio significativo es el de los nazis por rusos menos carismáticos, quizás porque Spielberg tenía motivos personales para hacerselas pasar canutas a los primeros y la estrella roja le da un poco igual.

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal es entretenida, tiene muchos ingredientes de los que hicieron famosas a las anteriores, le faltan otros tantos y no añade casi ninguno nuevo. Merece la pena ir a verla aun a riesgo de que defraude, y tanto si gusta como si no, se siente la imperiosa necesidad de versionar a los Beatles y cantarle a George Lucas un sincero Let it be.

se han cerrado los comentarios