En defensa de la versión original, con la ayuda de Borges

El asiduo al blog -gracias, lector, soy vanidoso y necesito suscriptores- sabrá que he defendido la versión original en varias ocasiones, y el amigo cercano o el familiar sabrá que la tendremos si insiste en ver conmigo una película doblada. Entre los que se resisten en ver una película en su idioma, he comprobado, o creído comprobar, que contra lo que lucho es contra la fuerza de la costumbre, y que mis argumentos no corren la deseable suerte de ser rebatidos; normalmente, se ignoran. Por eso he resistido la tentación de publicar otra entrada sobre el tema, temía aburrir al personal con la insistencia en un debate que parecía agotado y sin propósito. Hoy, he claudicado.

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En defensa de la versión original, con la ayuda de Bogart

En un reciente artículo de El Cultural, Juan Sardá escribe sobre la problemática sociopolítica, económica y artística del doblaje. Lo que surgió durante la dictadura como defensa del idioma y como vehículo de la censura sigue bien arraigado en nuestra sociedad 70 años después. Es uno de esos absurdos que sobreviven por inercia, que se resisten al cambio por la terca fuerza de la costumbre. Ya expresé en su momento mi rechazo a ver una película con voces ajenas por motivos de idioma. Sardá resume mis quejas en el siguiente párrafo:

Los españoles se han acostumbrado a que hablen con el mismo tono de castellano neutro un actor de una película de Zhang Yimou que un pijo de Nueva York interpretado por Ashton Kutcher o un mafioso. La riqueza original de una lengua es intraducible. Su variedad de matices y tonalidades expresan mucho más que un contenido objetivo. Más cuando esa traducción debe ajustarse a la coordinación labial.

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No la dobles que es peor

Hasta la imposición definitiva del DVD frente al VHS, con la que se inició mi colección de películas, el cine que yo veía estaba doblado. A fuerza de costumbre asumí, por ejemplo, que la voz natural de Robert De Niro es aquella de oes reverberantes al pronunciar la palabra “abogado”. No concocía otra cosa y di por natural el doblaje. Con la llegada del DVD, como digo, descubrí que esta práctica, impuesta por motivos que distan mucho de lo artístico, resta autenticidad a la película y pervierte el trabajo del actor, comprometiendo por tanto la visión de quien dirige.

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