Kawai dice que va al béisbol

El mundo felizmente es inexplicable. (¡Qué sería un mundo explicable por el hombre!)

Nicolás Gómez Dávila

A Ozu, al contrario que a Hitchcock, le interesa antes la sorpresa que el suspense. Prefiere las contradicciones (¿qué es sino una sorpresa?) a la generación y consiguiente satisfacción o desengaño de una expectativa. Ozu pasa de puntillas por momentos clave que son la enjundia de cualquier otra película, como una muerte o una boda, y escribe con Noda personajes volátiles y a menudo incoherentes: el futuro en sus películas siempre tiene algo de incierto. La queja que tengo con los argumentos en los que todo encaja y los personajes se mantienen fieles a la primera impresión es que siendo comprensible, abarcable, el mundo de la ficción, sugieren que el nuestro, como modelo de aquél, también lo es. Con Ozu no es tan fácil.

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Un rayón casual

Mi amigo Enrique me ha pasao este post en el que especulan que quien le raya el coche a Vincent Vega (John Travolta) en Pulp Fiction es Butch (Bruce Willis). El artículo incluye un enlace a Tarantino confirmándolo en una entrevista (minuto tres en adelante).

Yo le he contestao, pasada la emoción de redescubrir lo que supones bien sabido, que la gracia de la escena en el cuarto del camello Lance, y por lo que tuvo éxito, es precisamente que los personajes hablan de trivialidades desconectadas de la trama y de otros personajes. Antoine, el que le hizo el masaje a Mia, tiene su carisma en que no le vemos.

A pesar de lo que diga Tarantino, Pulp Fiction (en realidad cualquier película, cualquier obra) adquiere vida propia desde el momento en que tiene espectadores, y yo prefiero pensar que a Vincent Vega le raya el coche Mengano, y que el mundo de la película se expande así más allá de los personajes y la historia que le da tiempo mostrarnos.

Pasando el rato en Río Bravo

En un ensayo sobre la importancia del lenguaje como parte de la acción en Río Bravo (otra película de Howard Hawks en la que los personajes hablan sin parar) Richard T. Jameson contrapone dos escenas sin diálogo: la primera de la película, que es muda, y la escena que encabeza esta entrada:

[…] Hay otro intermedio en la película que trasciende el lenguaje. Es la escena en la cárcel en la que la comunidad de defensores, ahora unidos y seguros los unos de los otros, decide cantar una canción. Hawks eligió en su reparto a dos cantantes, uno un intérprete consagrado, el otro un prometedor aspirante, para los análogos papeles de dos pistoleros que intentan conseguir el visto bueno y la admiración de John T. Chance [John Wayne]. Ya no hay rivalidad. Dude (Dean Martin) y Colorado (Ricky Nelson) se complementan cantando e incluso le dejan al aficionado de Stumpy que acompañe, porque es una de esas canciones en las que no hace falta una buena voz, sino entusiasmo y compañerismo. “Papá” Chance se mantiene al margen pero no excluido; observa, ve lo bien que lo hacen, se entretiene. Esta aparentemente gratuita escena, esta descarada subordinación de las identidades reales de los actores, es una de las más bonitas de Hawks, y encaja de forma muy concreta dentro de la estructura de esta incontestable obra maestra.

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