Hasta siempre Roger Ebert

A veces dos eventos relacionados coinciden en el tiempo como sólo lo hacen en las películas. Últimamente vengo pensando en la muerte con frecuencia, no sólo como final de la vida de un hombre, sino como otra de las manifestaciones del cambio, del constante e irreversible paso del tiempo; las dos historias que manejo para convertir en un corto tienen que ver con eso mismo de formar directa, sin haberlo premeditado. Ayer murió Roger Ebert, uno de los cimientos de mi amor por el cine, y su partida es otra bofetada a la noción de que aquello que nos importa siempre va a estar ahí, algo que, después del primer arranque de nostalgia, me recuerda lo raro y valioso de la existencia.

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¡Sea un ‘mensch’!

Hace poco vi por enésima vez El apartamento (1960), la película de Billy Wilder que es algo así como el testamento de la comedia romántica del Hollywood clásico. Siempre me había llamado la atención cómo su ritmo acelerado bajaba de vueltas a mitad de metraje; la sucesión frenética de entradas y salidas del apartamento de Baxter se estrellaba contra lo que en restrospectiva era inevitable (una tentativa de suicidio), y la recuperación de la trama es lenta y el pulso nunca vuelve a ser el mismo*. Esta vez me fijé especialmente, en guardia como estaba, en la escena en cuestión, y además de no sentir que la película perdía un poco de fuelle, descubrí que era fundamental.
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Cine paralelo

(…) A diferencia de Newton y Schopenhauer, su antepasado [Ts'ui Pên] no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades.

Jorge Luis Borges, El jardín de los senderos que se bifurcan

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Déjà vu en Super 8

Se está produciendo una especie de fenómeno caníbal. Productores, guionistas y directores han adquirido la costumbre de rodar una y otra vez las películas que en pasado demostraron tener algo que las convertía en éxito de taquilla. No quiero decir que sencillamente vuelvan a realizarlas. Las desmenuzan en los elementos de que están compuestas, estudian estos elementos exahustivamente y después vuelven a utilizarlos ordenándolos de un modo diferente como partes de una nueva historia, dependiendo de ellos para que la nueva película tenga el mismo atractivo que la primera vez.

- George Stevens en Wiliam R. Weaver, “Seek new ways, says Stevens”, MPHerald, pág. 168, nº 2

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Alien y el misterioso pasajero

No me gustan las películas que son tan superficiales que confían todo a los efectos especiales, y las películas de ciencia ficción son famosas por eso mismo. Siempre he creído que hay otra manera de hacerlo: debería dedicarse un gran esfuerzo a presentar el entorno de la nave, o del viaje espacial -de cualquiera que sea el escenario fantástico de la historia- tan convincentemente como sea posible, pero siempre de fondo. Así la historia y los personajes surgen y se hacen más auténticos.

Ron Cobb sobre sus diseños en Alien, el octavo pasajero

Hace poco vi Alien por enésima vez y descubrí, sorprendido, lo arriesgada que es en comparación con la inmensa mayoría de las películas que pueblan los géneros de terror y de ciencia ficción de las últimas dos décadas. Pensé que muchas de las decisiones que la convirtieron en icono cinematográfico son de lo más peregrinas para un gran estudio, que difícilmente podría esperar algo parecido del Hollywood de hoy. Sin entrar en si ver “cine de género” bueno es una especie en extinción -no me gusta el término, con ese otro de “cine de autor” separa el cine en dos ligas, y la cosa es más complicada-, ahora fórmulas taquilleras se repiten en ciclos interminables, ofreciendo a un público fiel un cine del que tienen una idea previa muy aproximada: secuelas, adaptaciones de cómics y bestsellers, remakes… (Curiosamente, la mejor película de ciencia ficción de la década pasada fue Wall·E, una historia de animación sin diálogos en su primera mitad y con un robot como protagonista). Una industria no sobrevive sin repetirse al menos un poco, ni se puede descubrir la pólvora dos veces al año, pero yo echo de menos algún proyecto de aquellos en los que un grupo de gente con talento (Ridley Scott, Dan O’Bannon o Sigourney Weaver, pero también H. R. Giger, Derek Vanlit o el mencionado Ron Cobb), aunados por un productor movido por algo más que la rentabilidad (Walter Hill, David Giler), se la juega por una idea y una historia.

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Traumas por fantasmas

Advertencia: sutiles spoilers a continuación.

No recuerdo la última vez que en una película (especialmente de terror) el escéptico y/o experto tuviera razón al final. Sí, ese personaje que no participa de la histeria colectiva o de la del protagonista y que cae en la cuenta de su error cuando ya es tarde para evitar consecuencias. Obviando a los que tienen conflictos de intereses y son personajes de moralidad dudosa (como el alcalde de Amytiville en Tiburón) o directamente unos hijos de puta (como el doctor Sapirstein en La semilla del diablo o Ash en Alien), nos queda una buena colección de dudosos e incrédulos que se niegan a favorecer la probable paranoia frente a lo que dictan su experiencia y sus conocimientos, y que tras conocer pruebas irrefutables de su miopía desaparecen de la película avergonzados (Dr. Silverman, Terminator 2) o fiambres (incontables ejemplos, pero uno paradójico es el del doctor Malcolm Crowe en El sexto sentido).

Intruders, en la que Juan Carlos Fresnadillo dirige un solidísimo guión de Nicolás Casariego y Jaime Marques, devuelve un poco de dignidad a la maltratada figura (aquí en la forma de una amable y muy profesional psicóloga) e impulsa modestamente el pensamiento científico en un género dominado por el mágico -la escena final, en lugar de ser una caza de brujas, es terapia en familia.

Que no es que me queje, que me encanta El exorcista, pero la sorpresa y el cambio fueron gratos. Igual mi reciente idolatría hacia Richard P. Feynman o Carl Sagan contribuyó a que encontrara Intruders tan reveladora.

Cine en verano

¿Una entrada a cerca de mi estancia en Los Ángeles? ¿Un post sobre Origen, o sobre Toy Story 3? ¿Mi café con Lynch -y leche y azúcar-? El verano tiene la asombrosa facultad de promover excusas y postergar actividades que no sean estríctamente ociosas (quiero mucho a mi blog, pero para escribir algo aquí hay que ponerse un rato). Entre mi falta de decisión y una conexión a Internet precaria he acabado por no poner nada desde mi vuelta a España. Al final he pensado que lo mejor sería hablar de cine.

Ser o no ser un peliculón

Origen

La película de la que más se ha hablado este verano ha sido posiblemente Origen (2010). Su voluntad de complicado rompecabezas, con el poder de la mente humana como motor, y su concienzuda espectacularidad se han ganado el favor del público (nada menos que la cuarta película mejor votada en IMDb) y el debate de la crítica (para algunos pasable, para otros obra maestra). Hace dos años, cuando El caballero oscuro, con su Joker póstumo, sus dejes filosóficos y su acción desmesurada irrumpió en el mundo del cine como el batmóvil en hora punta, yo no tenía muy claro si lo que había visto -tres veces- era una gran película. Con el tiempo -lineal- he calado mejor a Christopher Nolan.

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