There to meet with Macbeth

MacBeth

Ayer fui al cine a ver Macbeth de See-Saw films, la misma productora de Shame. Ni yo ni mi prima española nos enteramos mucho de lo que decía en escocés cerrado Fassbender, y durante los ratos en que no seguía la historia me fijé, con la aburrida distancia analítica del que no experimenta algo, en composición, color o diseño de sonido. Me pareció que para ser una película con descarada ambición formal, los diálogos y soliloquios, salvo en algún plano ostentoso, estaban rodados en piloto automático: plano-contraplano, plano-contraplano… Como si la película, poniendo todo el despliegue creativo en escenas señaladas, descuidase lo básico. El cine reciente que veo me da la sensación, despertada por el académico David Bordwell, que cuando se trata de rodar a gente hablando los directores se vuelven perezosos.

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Scottie sueña con Madeleine

La cosa empieza con una visita a Ignition Creative, compañía que se dedica a promociones y trailers para largometrajes, y que dependía de la productora en la que trabajaba para copiar a cinta sus montajes. Escribí un email a su director creativo recordando una conversación breve durante una copia que tuvo que repetirse, y aunque no buscaban a nadie de inmediato, el interés que mostré fue suficiente para que Robin, simpático donde los haya, me recibiera, me hablase de su experiencia profesional y me animara a enviarle cosas que montase en mi tiempo libre.

El vídeo que encabeza la entrada es en realidad un intento de tráiler. Con las horas, abandoné esa idea por la de un ensayo sobre el uso del color en Vértigo, y comprobando frustrado que en los cortes que emparejaban el rojo, verde, azul o violeta prevalecía la continuidad de movimiento sobre la de los colores, me dejé guiar por el descubrimiento. Ahora que kogonada ha elevado a cine experimental el visual essay, no se me ocurrió cuestionar su validez.

Claro que no todo el monte es orégano.

Del campo y la ciudad

El Hyde Park de Londres ofrece un contraste mayor al de Central Park en Nueva York. Aquí los edificios rara vez se imponen por encima de las tres o cuatro plantas y, 100 metros adentro, de la ciudad sólo queda un murmullo de actividad y algún solitario rascacielos que lo atestigua. Hyde Park no es el campo, pero lo parece: lo que toma prestado de éste en sus extensiones de hierba, en sus árboles y lagos, en sus patos y cisnes y cuervos, es suficiente para que la sensación se aproxime, a pesar de los bancos y de los caminos pavimentados que abandoné cuando descubrí que se podía pisar el césped.

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Id a ver Gravity

Ayer, casi en el mismo instante en que el último plano de Gravity daba paso a una pantalla en negro, se encendían las luces de la sala 12 de Kinépolis perturbando la intimidad emocional de todos los asistentes; ese gesto tan feo y maleducado, equivalente a que te señalen mientras lloras, es una horrible e inexplicable costumbre que despierta una indignación proporcional al impacto de lo que acabas de ver. Aguanté la respiración, contuve mis pensamientos. Pasados unos instantes busqué a alguien que tuviera pinta de poder aclarar los motivos de la estúpida práctica. Le pregunté, me contó algo con poco sentido. Salí de la sala esperando a Bea, y volví a respirar.

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Consejo de maquinista

Johnnie Gray lamenta que su amada le tome por un pusilánime.
Convertido en héroe, Johnnie se alegra de que Annabelle haya cambiado de parecer.

Para ser feliz, búscate un/a compañero/a de viaje.

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Imágenes
The General (El maquinista de la General) (Buster Keaton, 1926).

Hasta siempre Roger Ebert

A veces dos eventos relacionados coinciden en el tiempo como sólo lo hacen en las películas. Últimamente vengo pensando en la muerte con frecuencia, no sólo como final de la vida de un hombre, sino como otra de las manifestaciones del cambio, del constante e irreversible paso del tiempo; las dos historias que manejo para convertir en un corto tienen que ver con eso mismo de formar directa, sin haberlo premeditado. Ayer murió Roger Ebert, uno de los cimientos de mi amor por el cine, y su partida es otra bofetada a la noción de que aquello que nos importa siempre va a estar ahí, algo que, después del primer arranque de nostalgia, me recuerda lo raro y valioso de la existencia.

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¡Sea un ‘mensch’!

Hace poco vi por enésima vez El apartamento (1960), la película de Billy Wilder que es algo así como el testamento de la comedia romántica del Hollywood clásico. Siempre me había llamado la atención cómo su ritmo acelerado bajaba de vueltas a mitad de metraje; la sucesión frenética de entradas y salidas del apartamento de Baxter se estrellaba contra lo que en restrospectiva era inevitable (una tentativa de suicidio), y la recuperación de la trama es lenta y el pulso nunca vuelve a ser el mismo*. Esta vez me fijé especialmente, en guardia como estaba, en la escena en cuestión, y además de no sentir que la película perdía un poco de fuelle, descubrí que era fundamental.
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