En los veinte años, más o menos, que llevo asistiendo a la gran pantalla, difícilmente recuerdo salir de la sala antes de los créditos finales. Funny Games U.S. tiene el dudoso honor de ser la primera película en muchos años que no termino de ver. El motivo no fue tanto pesadez de estómago como una negativa a participar del espectáculo de tortura y violencia vacías que proponía Haneke. Quería reivindicar con mi inútil acto que en el cine, como en cualquier otro campo, debe existir una mínima ética marcada por el sentido común que establezca que no todo vale.
Película de terror con mensaje político busca espectador incauto para una experiencia frustrante y traicionera. Incluye: director reconocido; puesta en escena pasable; acostumbrados efectos especiales; alguna imagen impactante; reparto voluntarioso; pseudoinsectos interdimensionales de todos los tamaños; sutiles toques de gore; crítica supuestamente subversiva del gobierno de Estados Unidos; un personaje fanático religioso molesto hasta niveles insoportables y un giro final fuera de contexto, gratuito, estúpido y desleal con el espectador. Público exigente abstenerse.
Indiana Jones, ese profesor de universidad y arqueólogo que blande con pericia el látigo, tiene el gancho de Cassius Clay y odia las serpientes, forma parte de la cultura popular y la historia del cine del siglo XX. Se ganó un hueco en ambas con una obra maestra del cine de acción y aventuras, En busca del arca perdida, y cultivó esa leyenda con dos magníficas secuelas. La expectación levantada por la cuarta entrega de la saga ha sido, lógicamente, enorme, y se conjura con la nostalgia para socavar la objetividad. Como fan de Indiana Jones y en especial de su primera entrega, El reino de la calavera de cristal ha supuesto una decepción, pero alguien me dijo que las películas deben criticarse por lo que son y no por lo que quieres que sean.
Sweeney Todd: el barbero diabólico de la calle Fleet, está basada en el musical homónimo de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler que a su vez se basa en The String of Pearls, la pieza de Christopher Bond. Si se ha tenido la oportunidad de ver el musical en el teatro o se conoce la historia, se comprueba que el guión de la película es muy fiel a la obra de Sondheim y Wheeler y por tanto a la de Bond. El trabajo y el mérito están en la visualización de Tim Burton, fuerza motriz de un musical que entra más por los ojos que por los oídos.
El mes de los Oscar es casi siempre un buen mes para ir al cine. Como la mayoría de las nominadas esperan a finales de año para estrenarse en Estados Unidos (vayamos a que se les olvide a los académicos si salen en marzo) en España nos llegan por estas fechas. Si el nivel es alto (que suele serlo) lo bueno es que hay donde elegir en la cartelera, que luego vienen meses de vacas flacas y hay que tirar de DVD. Lo malo es que llevas esperando varios meses, resistiendo la tentación pirata del screener, para poder ver ese peliculón de tu admirado ‘x’ en todo su esplendor. Mejor, según los cánones recientes, la piratería es pecado, y creo que mortal.
Si el crítico Roger Ebert la elige como mejor película del año pasado, algo tendrá. Claro que en su día ese lugar lo ocupó Crash, de Paul Haggis, pero casi siempre coincido con él y merece la pena probar una alternativa a Monstruoso (¡¿un bicho enorme atacando Nueva York?! ¡¿qué me dices?!) y John Rambo.
Cuando me enteré de que los Coen volvían a la senda marcada por Sangre Fácil y Fargo, busqué inmediatamente el primer día en que pudiese ver su última película: “¡El 8 de febrero, pero si estamos en octubre!…” Queda poco más de una semana y hasta hoy no he leído ni una sola crítica ni me he enterado de qué va. Por supuesto no he visto el trailer que facilito, y aunque algo he oído acerca de lo buena que es, ya no me acuerdo. Prefiero verla como si ni siquiera supiese a qué voy.
Inexplicablemente ésta es la traducción de There will be blood. Incluir la palabra sangre en el título les habrá dado miedo a las distribuidoras, que han elegido este insípido título por si acaso alguien se confunde y cree que va al cine a una de vampiros. Traducciones absurdas aparte, ver a Daniel Day-Lewis actuar es un lujazo, y más si lo dirige el mismo de Magnolia y Boogie Nights ¿Conseguirá superarlas?
El sangriento musical de Broadway convertido en película por el mayor fan de Edgar Allan Poe y protagonizado por Johnny Depp ¿Se puede pedir más? Dejad de un lado los prejuicios e id a verla en cuanto la estrenen, que el musical ha dado buen cine. Y si no podéis deshaceros de vuestras ideas preconcebidas sacad la entrada igualmente, porque tiene pinta de romper moldes. Yo no me la pierdo.
Entrar en contacto directo con la naturaleza salvaje, un mundo virgen carente de la rutina y las obligaciones diarias, es algo que a la mayoría nos resulta atractivo. Pienso que la oportunidad de establecer una nueva vida en absoluta libertad, lejos de todo y todos, conecta con el deseo primario de dominar a placer nuestro destino. Sin embargo, no existe lugar en el mundo en el que huir de uno mismo y no afrontar aquello que nos tortura; Christopher McCandless (Emile Hirsch) se dió cuenta de eso demasiado tarde.
Como pasó en su día con Vietnam, la ocupación de Iraq por parte del ejército norteamericano ha tenido un impacto profundo en la sociedad del país, generando controversia y reabriendo debates en torno a la guerra. El cine de los setenta denunció con un firme alegato antibélico el terror y la deshumanización que experimentaban los soldados en combate. De manera paralela aunque salvando las distancias con Apocalypsis now o El cazador, eso mismo viene a decirnos En el valle de Elah, la última película de Paul Haggis.
¿Azar o certeza? ¿Casualidad o causalidad? ¿Qué rige el universo, la lógica de los números o el capricho de lo absurdo? El recién estrenado thriller de Alex de la Iglesia apunta alto con su osado planteamiento y su entresijo matemático. En un género en el que se ha visto de todo, Los crímenes de Oxford es una ambiciosa película que pretende verdaderamente estimular la materia gris del espectador. Lo cierto es que se asiste interesado a un sibilino desarrollo, aunque sea, finalmente, un producto más convencional de lo que aparenta.