Pasando el rato en Río Bravo

En un ensayo sobre la importancia del lenguaje como parte de la acción en Río Bravo (otra película de Howard Hawks en la que los personajes hablan sin parar) Richard T. Jameson contrapone dos escenas sin diálogo: la primera de la película, que es muda, y la escena que encabeza esta entrada:

[…] Hay otro intermedio en la película que trasciende el lenguaje. Es la escena en la cárcel en la que la comunidad de defensores, ahora unidos y seguros los unos de los otros, decide cantar una canción. Hawks eligió en su reparto a dos cantantes, uno un intérprete consagrado, el otro un prometedor aspirante, para los análogos papeles de dos pistoleros que intentan conseguir el visto bueno y la admiración de John T. Chance [John Wayne]. Ya no hay rivalidad. Dude (Dean Martin) y Colorado (Ricky Nelson) se complementan cantando e incluso le dejan al aficionado de Stumpy que acompañe, porque es una de esas canciones en las que no hace falta una buena voz, sino entusiasmo y compañerismo. “Papá” Chance se mantiene al margen pero no excluido; observa, ve lo bien que lo hacen, se entretiene. Esta aparentemente gratuita escena, esta descarada subordinación de las identidades reales de los actores, es una de las más bonitas de Hawks, y encaja de forma muy concreta dentro de la estructura de esta incontestable obra maestra.

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True Detective: misterio resuelto

True Detective

Leyendo el resumen que escribió Matt Zoller Seitz sobre la primera temporada de True Detective, me encontré con una frase que expresó con tanta eficacia una inquietud que me acompaña, al menos, desde que leí Los diez negritos, que la repetí en mi cabeza como si se tratara de un aforismo:

Por mucha destreza que tenga el artista para estimular la mente, el poder de nuestra curiosidad y nuestros miedos siempre supera sus facultades.

Y continúa:

Es difícil imaginar lo inimaginable.

Las historias que dependen de la resolución de un misterio tienen que lidiar con ese problema fundamental, y cuanto más grande el misterio, más grande el problema. No veo muchas series, pero ni siquiera Twin Peaks elevó el asesinato de Laura Palmer al origen del universo. La ambición de True Detective, de proporciones bíblicas en varios sentidos, ha terminado por devorarla como un agujero negro porque Nic Pizzolato, guionista de la serie, intenta nada menos que materializar nuestros miedos (“El horror…”, que diría el Coronel Kurtz); y claro, se corre la cortina y vemos que el Gran Mago de Oz no era para tanto. Zoller lo explica muy bien en su artículo (si no has visto la serie, no leas lo bien que lo explica):

Después de tantas expectativas, tantas conversaciones sobre visiones, tiempo y memoria, tanta alusión al Rey Amarillo y H.P. Lovecraft e incluso Kurt Vunnegut […], Rust Cohle y Marty Hart terminan en una variante del climax de, en fin, cualquier historia que hayamos visto de un asesino en serie: enfrentándose a un monstruo en su laberinto mientras escuchan sus mofas incorpóreas y examinan su instalación artística.

El problema, como digo, es antiguo. ¿Cómo plantear un misterio que apele a nuestros instintos y prometer un desenlace claro, cuando la curiosidad, y la insatisfacción que sigue al verla colmada, van de la mano? Igual es buena cosa que el motivo de la existencia sea tan escurridizo.

Amor a primera escucha

Vi Her hace poco y, más o menos a mitad, empecé a removerme en mi asiento de frustración al no poder comprender que el protagonista se enamorara de una voz. La falta de interacción física es en la película una nota discordante, un grito de socorro pidiendo una cara, un cuerpo, unas manos y sus lenguajes. El problema no tiene nada que ver con que ella sea una inteligencia artificial. El problema es que sea una inteligencia sin ojos, sin cintura, sin pecho, sin sonrisa; una voz en el ciberespacio que ni se puede mirar ni agarrar. La relación entre Theodore y Samantha es, de hecho, una larga conversación telefónica. Como beber vino con el olfato. “¡Pero si para beber vino hay que probarlo!”. Pues eso.

Theodore escucha a Samantha
Theodore escucha a Samantha

Si es lo que Spike Jonze pretende, mostrar la clase de alienación hacia la que vamos encaminados como especie, ha dado en clavo; Her es de hecho una melancólica muestra de los males de la era del smart phone. Pero si la idea es acompañarlos en su historia de amor, le ha salido el tiro por la culata: daban ganas de zarandear a Joaquin Phoenix de los hombros y darle un par, así con la mano abierta, hasta hacerle entender que así no se hace.

El cine de 2013

2013 ha sido el sexto año de no soy director de cine. Con el paso del tiempo, las circunstancias me alejan del blog, donde ahora más que nunca ya sólo queda escribir por amor al arte (en realidad el único motivo verdadero que he tenido). Con las redes sociales y el auge de tumblr, el blog sólo tiene sentido en entradas largas a las que soy incapaz de dedicar menos de tres o cuatro horas, un tiempo en el que rara vez no hay algo más urgente o menos pesado que hacer. Sin embargo, ninguna de esas cosas atestigua mi dedicación al cine ni calma mi inquietud como un post listo para publicarse. Así, son más las veces que lamento dejar pasar la oportunidad de escribir algo que las que no atiendo esto por olvido; y así, me gusta aprovechar la práctica borrega de las listas para dejar constancia de lo que he visto y saldar, en parte, la deuda con mis lectores.

A continuación tenéis las películas del año pasado que más me gustaron. Feliz 2014.

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