Déjà vu en Super 8
Se está produciendo una especie de fenómeno caníbal. Productores, guionistas y directores han adquirido la costumbre de rodar una y otra vez las películas que en pasado demostraron tener algo que las convertía en éxito de taquilla. No quiero decir que sencillamente vuelvan a realizarlas. Las desmenuzan en los elementos de que están compuestas, estudian estos elementos exahustivamente y después vuelven a utilizarlos ordenándolos de un modo diferente como partes de una nueva historia, dependiendo de ellos para que la nueva película tenga el mismo atractivo que la primera vez.
- George Stevens en Wiliam R. Weaver, “Seek new ways, says Stevens”, MPHerald, pág. 168, nº 2
Hace poco vi Super 8, incitado por muchas recomendaciones independientes de amigos que insistían que era de lo mejor que vieron el año pasado. Quise escribir sobre ella y, repasando algunos borradores, di con esa cita; no le podía ir más a pelo. Super 8 me gustó bastante, me entretuvo (siempre digo esto muy respetuosamente, no con la intención indiferente que la crítica de cine a veces le da), pero es inevitable pensar en sus modelos, en cómo, con toda su esplendorosa acción, se ve pequeñita a su lado, y en lo que eso dice del Hollywood actual.
Supongo que Spielberg le habrá dado licencia a J.J. Abrams para copiar, sistemáticamente, motivos, temas y técnicas de E.T. y Encuentros en la tercera fase. Notorio durante toda la película, el paralelismo es especialmente llamativo la última escena. El plano final de E.T. tiene su gemelo en Super 8 cuando el protagonista también entra de golpe en la madurez a cambio de dejar marchar aquello que quiere, mientras también le baña una reveladora luz celestial, también acompañado de sus seres queridos y, en sentido literal, también despidiendo a una nave espacial. Es verdad que la actualización de Super 8 tiene una imagen muy hábil: el protagonista lucha por agarrarse al medallón con la imagen de su madre; pero es de las pocas notas de poesía propia que Abrams ha conseguido darle a su película, que está igualmente preocupada en rendir tributo y ser algo distinto, y esa contradicción le pesa. El plano de un Elliot que, como dice Jim Emerson “se hace mayor ante nuestros ojos”, cierra significativamente la película. En Super 8 el plano final recoge a la nave abandonando la tierra, que deja el destello en el objetivo que tanto se empeña Abrams en que sea su seña de identidad, y que a fin de cuentas viene a recordarnos que esto es una copia certificada (Kiarostami, tiene usted aquí inspiración de sobra para una secuela).
Con todo y con eso agradezco profundamente que las escenas de acción sean inteligibles, que haya suspense del bueno y ver a niños en pantalla siendo niños y no sucedáneos. Esas tres cosas las tiene las escena del tren, que es lo más genuino y espectacular que tiene la película. Quizás si se hubiera olvidado de la deuda tácita a Steven, y hubiese conseguido que ese par de giros de guión (me refiero a los cabreos de sendos protagonistas con sus respectivos padres) no pareciesen una necesidad mecánica de la trama, estaría tan entusiasmado como mis amigos Luis, Fernando o Carlos.
Por otro lado qué sé yo, si después de tanto ver indicios de la decadencia de un Hollywood que se repite, hoy voy a ver ilusionado la segunda adaptación en dos años de un best-seller que no he leído. Uno se escandaliza cada vez que la Marvel hace de las suyas, pensando que esto no es lo que era y encerrándose en Ford, Hawks, Ray, Hitchcock y demás directores clásicos “de verdad”. Luego recuerdo que tampoco es para tanto, que la cita que encabeza esta entrada es del 12 de julio de 1947.






Me quedé con esa misma sensación viendo Super 8. Aún así con todo, podría haber sido una mierda de refrito, incomestible o indigesto, y se queda en un refrito que está bueno, pero que te deja con la sensación de: “esto ya lo he comido yo antes”.