Siempre he pensado que el arte es cuestión de ritmo; es decir, de un orden específico de naturalezas contrapuestas. Si el resultado es armónico, se habla de una gran obra. Existen obras de un ritmo tan perfecto que cualquier alteración, por mínima que sea, las rebaja. Por extensión (¿o era al revés?) creo que la vida misma es cuestión de ritmo, de altos y bajos, de claros y oscuros, y que se trata de encontrar tu frecuencia y ajustarte a su período o, al menos, de no estar muy desfasado.
Es algo que la música me recuerda una y otra vez: la importancia del ritmo. En la música, como en ningún otro arte, se entiende que el ritmo es vital; lo que es una perogrullada, sí, pero es que al cine le va muy bien la analogía: cada película suena de una manera concreta que provoca emociones también concretas. Me encanta la sensación de saber que me ha gustado una película y ser incapaz de explicar por qué. Me encanta porque me recuerda que el cine es también capaz de alcanzar ese estadio tan puro, si se me permite la cursilería, al que la música pertenece. “Music is the whole question of life itself“, que decía Coltrane.
En cine, cuando se habla de ritmo se piensa en el guión o en el montaje, rara vez en la composición del plano. En una entrevista de Sean Axmaker con motivo del estreno de Inland Empire, a David Lynch le preguntan porqué los cuartos de sus películas no tienen apenas trastos, dándole la apariencia de habitaciones de hotel. El director, tan acostumbrado a hablar en abstracto, se vale de un pato para construir una metáfora genial y rara:
Existen áreas rápidas y áreas lentas. Lo que nos lleva de vuelta al tema del pato. Un pato es un ejemplo de eso. El pico de un pato está como entre rápido y lento, es un poco rápido, y cuando llega a la cabeza frena y las plumas ahí son muy pequeñas pero no es lento del todo, y se rellena y empieza a descender haciendo esa curva en forma de S y las plumas se hacen más grandes y llegamos al cuerpo, que es un área muy grande y lenta: no pasa gran cosa. Y entonces llegamos a las patas y los pies que son más rápidos y la textura nos recuerda al pico así que el ojo vuelve al principio y haces el recorrido otra vez. El ojo del pato es lo más rápido, lo más detallado, una piedra preciosa pequeña, brillante, y siempre he pensado: “qué sitio tan perfecto para colocarlo, en mitad de la cabeza”. Es sencillamente un marco perfecto. Si lo pusieras en el cuerpo se perdería, no estaría bien encuadrado; si lo pones en la pata sería un área demasiado rápida y el ojo no destacaría; en el pico quedaría ridículo. Es una cosa así. Por lo que una pared en blanco es un escenario perfecto para un ser humano. A lo mejor un par de cosas, pero va con eso de rápido y lento. Y los trastos son, a menos que provengan de la idea, mala cosa.

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