El fantasma escritor
El escritor, la última película de Roman Polanski, desarrolla una trama de crimen en la sombra, conspiración internacional y CIA (qué thriller político no andaría cojo sin la conyuntura de los del pentágono), prestándole sólo un poco más de verdadera atención que la que Hitchcock dedicaba a sus MacGuffin. La idea es que el protagonista está metido hasta las cejas en un embrollo que ni le va ni le viene, en el que se expone a perder más de lo que imaginaba, y del que no puede salir, principalmente, por su irrefrenable impulso de conocer la verdad; el interés reside entonces en explorar este personaje, en los sutiles elementos, desconcertantes y raros, que trasforman su rutina en una pesadilla de creciente paranoia, y en cómo la inexorable fatalidad le persigue y condena desde el instante en que acepta su encargo.
No descarto que Polanski se interesara por la novela de Robert Harris por sus claros parelelismos con las administraciones Bush y Blair, ni creo que le importen un pito las actuaciones de los mismos, o que no haya en la película un aire de denuncia; quiero decir que lo que separa a El escritor de la caterva de thrillers políticos que a docenas se estrenan cada año, es la armoniosa cristalización de las obsesiones que caracterizan la filmografía del director. No es un largometraje más de corrupción y poder porque aquí la culpa, el destino trágico, la desconfianza y el miedo, vistos por Polanski, son los que dominan la película y le dan su valor diferencial.
Hay incontables detalles que crean esa atmósfera pegajosa e inquietante -que resultará familiar a los que conozcan Chinatown, Repulsión, El quimérico inquilino, La semilla del diablo…-: las pertenencias materiales del primer escritor, muerto en circunstancias sospechosas; el gris permanente, sucio y triste, de la isla; el esfuerzo inútil poner una bici en marcha en medio de densa gravilla; el mar azul oscuro, siempre rizado; barrer una terraza al tiempo que el viento la cubre de arena. Además de servir a la historia, la puesta en escena compone un ritmo y una estética acordes -pero independientes- que son los auténticos protagonistas.
En este sentido, Jim Emerson escribe en su blog:
Estando sentado, sonriendo a la imagen final (porque era la absurda e inevitable conclusión a la que sabías que Polanski apuntaba), un tipo detrás de mí gritó: “¿Éso es todo? ¿Ése es el final?”. Vaya si lo es, y aunque puede que no te guste en términos narrativos, formal y temáticamente es justo donde tenía que acabar.
(Posible SPOILER) Exacto. La última imagen de El escritor me recordó a la de Un tipo serio, no por composición ni similitud temática (que podría argumentarse que la hay), sino por lo bien que pone fin a todo lo anterior. Ese fuera de plano que desperdiga cientos de folios llenos de (¿falsas?) memorias tiene todo el sentido del mundo.





Psé, a mi me pareció un poco sosa, y desde luego le falta mucho para crear una atmósfera pegajosa e inquietante…la actriz de Sexo en Nueva York no sé qué hace por ahí…
Dos estrellas y media (sobre cinco)
A mßi me gustó bastante, tengo que admitir. Eso sí, “no tengo ni idea” de por qué en España no la han traducido por “El negro” que es como popularmente se conoce a los ghostwriters. Habría molado ir al cine pensando que vas a ver un biopic de Miles Davis (EL NEGRO, con mayúsculas)
No hubiese estado mal tampoco la traducción literal, “El escritor fantasma”, porque MacGregor es, muy a su pesar, tan volátil e invisible como un fantasma.
“El negro” hubiese sido engañoso pero descojonante. Y sí, ya sabes que coincido plenamente en que Davis es “El Negro”.