‘La mujer pantera’, cuando la bestia está dentro

La mujer pantera (1942)

dirigida por Jacques Tourneur
escrita por DeWitt Bodeen
interpretada por Simone SimonKent SmithJane Randolph

Mi amigo que no conozco, Martin Scorsese, me recomendó en su documental ‘A Personal Journey Through American Movies’ (buenísimo, por cierto) la peregrina ‘Cat People’. He podido saber que fue una película de segunda línea de la RKO, de pequeño presupuesto y cero aspiraciones que se convirtió en éxito de público y lanzó la carrera de su productor, Val Lewton. Me cuenta Martin que ‘La mujer pantera’ supuso además una madurez fundamental en el cine americano, pues por primera vez el antagonista estaba en la mente del protagonista. Este giro fruediano chocaba con la tradición de que los personajes tenían control sobre sus actos, y que era el destino lo que los alejaba de sus metas. Aquí, Irena vive con el miedo ancestral de convertirse en un gato enorme si se deja llevar por el amor o los celos; una metáfora de la aprensión hacia su propia sexualidad.


Inner demons

Jacques Tourneur hace uso, con especial elegancia y destreza, del principio de no mostrar, sugerir que tan efectivo es para, más que asustar, crear inquietud y tensión. Es una máxima de la que bien se sirvió Spielberg en Tiburón, donde el agua hacía las veces de lo que aquí es sombra. Las oscuridad nunca es un vacío, camufladas en su negrura acechan criaturas terroríficas que amenazan la frágil estabilidad de la luz; es el subconsciente reprimido que amenaza nuestra tranquilidad.

Amenaza en la sombra

En este sentido, dos escenas son famosas con razón. En la primera, Alice, el motivo de los celos de Irena, camina sola por una idea de calle (antes que una representación). La luz es intermitente -una serie infinita de mortecinas farolas- y algo ruge donde allí no llega. La segunda tiene lugar en una piscina cubierta. La estancia es visible sólo gracias a los focos de la piscina, que pintan las paredes y el techo con las ondas cambiantes de la superficie del agua dejando margen de sobra para que la oscuridad imponga sus reglas.

Aquí huele a gato encerrao

Vistas hoy puede que carezcan de la eficacia que tuvieron en su día (a mi me resultan emocionantes aún), pero es innegable que son ejemplares en la optimización de sus escasos recursos -¡qué fotografía de Nicholas Musuraca!-. Cual negro del delta que sólo dispone de su voz y su guitarra, ‘La mujer pantera’ confía plenamente en sus posibilidades por ridículas que parezcan. La película es un poco como un blues de Robert Johnson: humilde pero resuelta; discreta pero impactante. Un triunfo de la sencillez sin complejos.

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