‘Taxi Driver’, destructiva e ineludible soledad

Taxi Driver (1976)

dirigida por Martin Scorsese
escrita por Paul Schrader
interpretada por Robert De Niro, Jodie Foster, Cybill Shepherd

Bienvenido al mundo de Travis Bickle

‘Taxi Driver’, una de las grandes obras de Martin Scorsese, no ha envejecido un fotograma. Puede parecer una afirmación arrogante para alguién que no vivió los 70 americanos, que no conoce de primera mano la cultura y la sociedad reflejadas -cultura y sociedad, además, cuyo conocimiento ha venido determinado por la simbología de Hollywood (entre la que se encuentra sin duda esta película)-, pero es precisamente eso lo que me autoriza. La prueba de la vigencia de ‘Taxi Driver’, y también la razón de su éxito, es la íntima empatía del espectador de cualquier condición con su protagonista.

The conviction of my life now rests upon the belief that loneliness, far from being a rare and curious phenomenon, is the central and invitable fact of human existence. Thomas Wolfe

Así prologa su guión Paul Schrader. Travis Bickle es una variación del Raskolnikov de Dostoievsky -también un tipo cualquiera desesperado por establecer contacto, significar algo para alguien (empezando por él mismo)- y como tal es ante todo un hombre solo. Pero al contrario que el héroe y villano ruso, su soledad, aunque también condicionada por su entorno, es una condena escrita en su carácter como una ley divina, tan inseparable de su ser como la terrible cicatriz que adorna su espalda de veterano de Vietnam. Era de la de Schrader por tanto una historia introvertida, de las difíciles de filmar porque sugerir el estado mental de un personaje es de lo más complicado que se puede hacer con imágenes a secas, sin recurrir a la voz en off. Cierto es que el guión escucha el diario de Bickle, pero por suerte encontró a Scorsese.

Humeantes alcantarillas decoran el paso de asfalto de una ciudad de pecado; luces de colores primarios anuncian sexo obsceno, decorando calles que huelen a prostitución, drogas y violencia; un taxi recorre el sórdido y luminoso panorama transportando a sus nihilistas habitantes… es Nueva York, según Travis Bickle.
Scorsese hizo de ‘Taxi Driver’ una inmersión en la mente de su protagonista y todo lo que vemos debe ser interpretado como, en mayor o menor medida, una deformación de la realidad -no en vano la primera imagen sin créditos son los ojos deambulantes de Robert De Niro bañados en luces rojas-. Hay momentos en que es evidente que vemos el mundo que Travis ve, alterado por lo que siente -aquellos por ejemplo en los que la cámara lenta marca los pasos de Betsy o enfatiza la amenaza latente de dos proxenetas negros- y otros en que la distorsionada perspectiva, consecuencia de su estado de ánimo, es más sutil.

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En una escena temprana Bickle recoje a una mujer mientras observa la actividad de la calle. Hay una alternancia entre su punto de vista mirando a la gente de la acera y un plano medio de él conduciendo. El plano está balanceado de forma que Travis queda a la izquierda de la imagen, es decir, con el espacio vacío a la derecha. Vemos como llama al taxi el cliente (punto de vista de Bickle), pero el contraplano no cambia para incluir a la nueva pasajera a pesar de que Travis la mire. Cualquiera acostumbrado a una planificación clásica pedirá de manera inconsciente un encuadre más amplio que incluya al cliente entrando en el coche, pero Scorsese mantiene el plano previo (sólo Travis, pegado al margen izquierdo) como recurso visual para sugerir su aislamiento. Travis es mero espectador del bullicio de la calle; observa inquieto, curioso, siempre desde su burbuja amarilla, sin participar.

Betsy, ángel entre demonios, consiente tomar un café con Travis, la esperada oportunidad. Ella habla de las dificultades organizativas de las campañas del senador (trabaja para el aspirante a presidente Palantine) y él intenta mostrarle su simpatía diciendo que también debe “get organizized” (organizazarse), un chiste de deletreo en inglés. Betsy no lo coge al momento, y cuando por fin lo entiende quiere congraciarse haciendo otro parecido. La conversación ha llegado a un punto incómodo y el montaje se salta la continuidad hasta el siguiente momento interesante, como si fuera la memoria de Travis descartando una trivialidad con la que se sintió inseguro.

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Tras su torpísima cita con Betsy y el lógico rechazo consiguiente, Travis vuelve su atención a la prostituta preadolescente Iris que una vez entró en su taxi pidiendo ayuda. Contrata sus servicios con el ánimo de convencerla para que deje la denigrante profesión. No tiene mucho éxito, promete verla de nuevo y al salir de la fea, hortera y sucia habitación, el portero se le acerca para reclamarle algún verde emergiendo de la oscuridad como una criatura corrupta y abyecta.

¿Pero y en las escenas en las que no aparece? ¿Podemos decir que aquí somos espectadores objetivos?
El compañero de trabajo de Betsy, Tom, pelea con el proveedor de las chapas electorales porque ha subrayado la palabra We del eslogan We are de people (somos el pueblo) en lugar de la palabra are. Tom explica que cambiar el acento de una palabra a otra altera completamente el sentido de la frase, y tiene razón: We are the people es muy distinta de We are the people. La última es excluyente, pues todos aquellos que no estén con nosotros no son el pueblo. Travis piensa que la sociedad le dice justo eso: nosotros somos el pueblo, no tú.
Sporty, el chulo, y Iris, protagonizan un sentido baile que tiene toda la pinta de ser un suceso sin distorsión. ¿No es curioso entonces que la música que suene en el tocadiscos del proxeneta sea la de la banda sonora? ¿No es sino un síntoma de que la imaginación de Travis domina la escena?

La banda sonora es obra de Bernard Herrmann, mi compositor cinematográfico predilecto. El tema principal tiene un motivo insistente compuesto por la combinación de dos notas, una más grave repetida in crescendo y otra culminante más aguda. Interrumpe la sucesión un jazz suave y melancólico antes de volver otra vez a ellas. La descripción texual de música es siempre pobre e inútil, pero escuchad este contraste de voces y decídme sino es una ajustadísima traducción del engañosamente estable carácter de Travis, de su desconcertante persona. Hay una sensación de inminente desgracia y también una absurda esperanza, y su alternancia y tono encuentran armonía con las imágenes como toda música de película memorable: es imposible separar la una de las otras.

El instrumento de Scorsese para dar vida al antihéroe de Schrader fue Robert De Niro en su versión más pura. Todavía no había alcanzado el estatus de actor de culto y no le debía nada a nadie; es De Niro antes del mito, auténtico y sin deudas. Lo que el actor cuida aquí con singular excelencia es la expresividad de sus ojos inexpresivos, que hablan al no decir nada: puedes mirarle fíjamente y no encontrar más que un par de cuencas y un abismo, la angustia del vacío. Su voz es un complemento acorde de esa mirada perdida, y a la vez una monótona crónica de su hundimiento. Sus gestos son calmos e implosivos, como la nerviosa quietud de la brisa que precede a la tempestad (esa sonrisa nerviosa que nunca traduce alegría). En una de sus escapadas al cine porno, pone la mano entre sus ojos y la pantalla tapando parte de esta, en una mezcla de curiosidad y hastío. Es un gesto espontáneo (por muy calculado que estuviera) y sencillo que solamente haría alguien solo.

Travis, como digo, no puede evitar esa soledad. Él quiere salir de su jaula de miedos e inseguridades y entrar en contacto con el mundo, pero es incapaz. No puede porque no consigue conciliar sus impulsos en ebullición y su concepto de moral. Ningún odio tan arraigado y doloroso puede tener un origen puramente externo, y Travis detesta con rabia visceral el mundo que le rodea porque, aunque jamás lo reconocería, no se siente muy distinto de él. Presta atención morbosa a los relatos de escarceos carnales de sus compañeros de profesión, rebosando deseo sexual que censura duramente. Asiste con fervor religioso a películas sexo explícito y luego condena esa misma impudicia si la ve fuera de la sala.  En la mencionada conversación del café, Betsy se refiere a él como una contradicción con patas (“walking contradiction“), acertando de pleno sin darse mucha cuenta. ¿Se puede asegurar que a un nivel latente no desee a Iris, por ejemplo? ¿Intenta salvarla movido únicamente por un sentimiento de obligación moral o también como acto redentor? A fin de cuentas, ella le asegura que no está tan mal. Nunca, ni siquiera cuando irrumpe en su taxi, pide ser rescatada. La necesidad de la absolución del pecado cometido ha sido siempre un tema de Scorsese, aspirante a sacerdote en su juventud; Travis afronta la liberación de Iris como una manera de saldar cuentas con Dios, mitigando así su sentimiento de culpa.

Sporty y Travis

(El que no haya visto ‘Taxi Driver’ no debería leer este párrafo). El clímax de la película, el rescate de la niña-princesa del castillo y sus dragones, es la confirmación matemática de todo lo anterior. ¿Dónde íbamos a parar, sino en violencia? La tensión acumulada es tan grande que el disparo a Sporty -con los colores fríos y distantes para la ocasión- lo recoge un plano general sin cortes. Tampoco necesita Scorsese un primer plano para el fallido suicidio de Travis, al que no le queda siquiera una bala amiga que le de por fin un descanso en paz. Por eso el epílogo es patético en su exagerada fortuna: después de casi dos horas caminando firmes hacia la tragedia, las notas de un final feliz suenan especialmente dolorosas, aunque plenas de significado. El moribundo y surrealista sueño de plenitud es el único premio que Travis obtiene, y tiene que ser autoconcedido.

Rara vez una película te hace partícipe de la mente (“potencia intelectual del alma”) de un personaje como lo hace ‘Taxi Driver’, y mucho menos consigue que esa mente tenga además -en su innegable rareza- tantos rasgos comunes con cualquier otra. ¿Quién no se ha sentido solo alguna vez? O mejor, ¿quién no se ha sentido solo, desconcertado, incontrolable… como se siente Travis? Que consigamos salir de ese estado no viene al caso, porque la película no da respuestas a las preguntas de Travis (las nuestras) ni tampoco pretende salvarlo. Sin embargo, donde no parece devolver esperanza ofrece el inmenso consuelo de la profunda comprensión.

Travis Bickle y el espejo de su alma

17 thoughts on “‘Taxi Driver’, destructiva e ineludible soledad

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  2. Hacía tiempo que no entraba por aquí… qué agradable leerte. Como dicen por ahí arriba, ya tengo esas jodidas y molestas ganas de volver a verla (teniendo como 100 en lista). Púdrete tu y tus críticas deconstructivas, jeje.

  3. Un placer tenerte de vuelta Isra, te echábamos de menos. A ti y al resto: me encanta que os guste lo que he escrito, la culpa la tiene la película porque yo siempre soy el mismo y no siempre escribo igual. ‘Taxi Driver’ tiene un encanto único y si he conseguido que alguno la revise merezco una medalla al honor cinéfilo.

  4. muy buena critica y es una de las mejores peliculas que vi… ahora
    siempre tuve la maldita duda de la ultima escena, cuando lleva la casa a Betsy y se va sin hablarle ni cobrarle, y luego Travis mira el espejo retrovisor de manera aterrorizada, tal como si hubiera visto un fantasma.
    y luego se enfoca las luces de la ciudad en el mismo y termina la pelicula.
    En fin debe ser un mensaje de Scorsese no es asi?
    saludos nos vemos

  5. PD: en cuanto en este informe vi que mencionaste a Dostoievsky, bueno eso me vino a la mente un cuento que lei escrito por el (Noches Blancas) que justamente el protagonista es un joven desesperado, solitario y que en sus 26 años de vida nunca habia tenido amigos.
    informate sobre esta novela (es corta, mejor llamarla cuento) lo recomiendo.

  6. Gracias agustín por el cumplido y por la recomendación.

    Yo creo la última escena pierde a Travis en la inmensidad de la (de su) noche. Sugiere que el amago de final feliz (si es que acaso Travis sobrevivió y no son los delirios de un hombre que agoniza) es sólo un espejismo frente a la realidad de su solitaria existencia, que es, en última instancia, inevitable.

  7. Maravillosa crítica. Hoy he vuelto a ver la película en la tele y ha vuelto a conmocionarme. Ya no se hacen películas así, o muy pocas. Gracias por tu trabajo. Ha sido precioso leerte.

  8. Fantástica crítica, me he pasado horas analizándola y no poder evitar reflejarme en Travis, todo esto bajo el compás de Bernard Hermann, genial, la veré por centésima vez.

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