Tiburón 4: la venganza del productor ebrio

Hace no mucho un amigo que no tengo me refirió esta historia completamente inventada. La noche del 3 de agosto de 1985 Joseph Sargent estaba en su casa viendo ‘Plan 9 del espacio exterior’ cuando recibió la visita del espíritu de Ed Wood. Éste le comunicó que para la primera película de su indiscutible heredero (un boxeador alemán aficionado a los videojuegos) quedaba casi una década, por lo que urgía realizar una verdadera obra maestra antes de que acabaran los ochenta. Sargent hizo a un lado la cachimba, se arrodilló ante el espectro y juró por su vida hacer una película que honrara el legado de Edward Davis Wood Jr. Ed, satisfecho, sugirió una continuación de la excelente Tiburón 3, y Sargent inclinó conforme la cabeza antes de desmayarse.

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‘Taxi Driver’, destructiva e ineludible soledad

Taxi Driver (1976)

dirigida por Martin Scorsese
escrita por Paul Schrader
interpretada por Robert De Niro, Jodie Foster, Cybill Shepherd

Bienvenido al mundo de Travis Bickle

‘Taxi Driver’, una de las grandes obras de Martin Scorsese, no ha envejecido un fotograma. Puede parecer una afirmación arrogante para alguién que no vivió los 70 americanos, que no conoce de primera mano la cultura y la sociedad reflejadas -cultura y sociedad, además, cuyo conocimiento ha venido determinado por la simbología de Hollywood (entre la que se encuentra sin duda esta película)-, pero es precisamente eso lo que me autoriza. La prueba de la vigencia de ‘Taxi Driver’, y también la razón de su éxito, es la íntima empatía del espectador de cualquier condición con su protagonista.

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Este espejo hay que cambiarlo

Es viernes y me sabe mal dejaros sin nada para el fin de semana. Ayer asistí al preestreno de ‘Shutter Island’ y está en desarrollo una entrada sobre ‘Taxi Driver’, pero los jueves por la noche en Madrid hay cachondeo -sobre todo si te sorprenden alegres noticias- y ni lo uno ni lo otro lo voy a publicar hoy. El consuelo es este montaje de sustos en el espejo, uno de esos recursos tan familiares que hasta se podrían sentar con nosotros al calor de la lumbre a jugar al tute. ¡Qué bien le ha venido al cine que el armarito con el enjuague bucal y las pastillas contra el insomnio esté detrás del espejo! Me lavo la cara, no hay nada; abro, cojo el botecito, cierro… e voilà!

El vídeo es obra de Four Four. La entrada original la tenéis aquí.

Spielberg a los 14 ya hacía cine, más o menos

Antes de salvar al soldado Ryan, antes de que Indiana Jones buscara el arca perdida, antes incluso de encontrarse con nadie en ninguna fase, Steven Spielberg hacía películas. Tenía 14 años cuando cogió la 8 milímetros de su padre (una cámara) y rodó con un grupo de amiguetes la película de guerra de 40 minutos ‘Escape to nowhere’. Ni widescreen, ni Industrial Light & Magic, ni John Williams; pero se las arreglaba. Spielberg apilaba arena encima de una tabla de madera para simular bombas y acabó dirigiendo la que, podría decirse, es la mejor escena de guerra de la historia del cine, el desembarco en Normandía de Tom Hanks & Co. Este hecho puede inducir al siguiente sofisma: si haciendo un cortometraje me lleno de tierra y visto a mi amigo de soldado Nazi, ganaré dos Oscar a mejor director…

Yo por si acaso me voy manchando las manos.

El vídeo es un fragmento del documental Into the Breach: ‘Saving Private Ryan’

Cantando bajo la lluvia del olvido

La gala de los Goya de ayer fue una gala distinta. Libres del mal gusto de Corbacho y de los anuncios -sin auncios sí, La 1 no tiene anuncios, Dios bendiga a quien haga falta- había mucho terreno ganado. Si bien dos de las grandes candidatas estaban nominadas por inercia (‘Agora’ del muy nominable Amenábar y el ‘El baile de la victoria’ o Trueba en las últimas) las otras dos eran muy buenas películas, ‘Celda 211′ (que ganó todos los importantes) y especialmente ‘El secreto de sus ojos’; volvió Almodóvar, sorpresa, un logro notable del presidente de la Academia con más repercusión en prensa y en la industria que en el público, poco interesado supondo en rencillas internas. Sin embargo la verdadera singularidad de la gala de ayer, récord de audiencia por cierto, estuvo en el inuadito discurso de Álex de la Iglesia, que por fin dejó la autocompasión, los piratas y el malo de Hollywood para la cháchara del backstage.Sigue leyendo