Que Kubrick me lleve a otro tiempo y lugar

Comprendo los días grises de otoño. El gris es un color indeciso, y el otoño una estación a caballo entre dos más resueltas; el cielo nublado y una leve llovizna le pegan mucho a una tarde de noviembre. La primavera, que no tiene la misma contundencia que su sucesora, tiene la apariencia del verano a finales de mayo, y no me gustan los días grises en verano. No es que necesite sol forzosamente, más bien me molestan las medias tintas en determinadas épocas del año; es decir, admiro sobrecogido, por ejemplo, las tormentas de agosto, que son azules oscuras.

Estoy en perfectas condiciones físicas y cansado hasta la médula. Dándole vueltas a qué hacer con lo que resta de día no he encontrado nada satisfactorio, porque todo tiene molestos inconvenientes sin lógica. Una solución a la inquietud es dejarse llevar por el hastío; pero esa, al igual que el resto de opciones barajadas, está contaminada del problema original: la llevo a cabo yo.

No me apetece ser Víctor Escribano esta noche. No me interesan ni él ni las cavilaciones que trae consigo en días como este. He dado un repaso a la filmoteca en DVD que tengo en casa y he caído en la cuenta de que no conozco ni a Rocco ni a sus hermanos. He recordado también que hace ya mucho tiempo que fui un MacBeth japonés del siglo XVI, aunque hace mucho más que no me rodeo de la aristocracia inglesa del siglo XVIII. Ahora que lo pienso, siendo un insignificante irlandés, ¿quién hubiese dicho que llegaría tan lejos en tan poco tiempo? ¿Tuvo algo que ver mi periplo por la Guerra de los Siete Años? ¿Y el hecho de verme obligado a formar parte del ejército prusiano? Creo recordar que fue de mi mujer de quién obtuve mi apellido definitivo, ¿cómo es que fue un fracaso cantado nuestro matrimonio?.

Quiero revistar todos esos episodios de mi vida, e intentaré revelar por qué parecen sujetos a una voluntad superior sobre la que no tengo influencia alguna. Es como si estuviese atrapado en un cuadro y solamente pudiese escapar de su dictámen introduciendome en otro no menos determinista. Quiero volver a experimentar lo que me sucedió. Lo he decidido, esta noche seré Barry Lyndon.

Barry Lyndon

Escuchad… es Twin Peaks

El vídeo que quiero compartir hoy con vosotros es una joya única, un mirador que apunta al núcleo de la creación de una de las bandas sonoras más famosas de todos los tiempos; y no es de una película. Pocas veces he visto a un autor hablar de su obra de forma tan directa y emocional, tan sincera y nostálgica, y sin las trabas del recelo a descubrir el truco del mago que hacen que los verdaderos protagonistas sean los que más callen.

Bienvenido a Twin Peaks
Bienvenido a Twin Peaks

‘Twin Peaks’ es misterio; no se me ocurre mejor definición. Todo aquello por lo que lo oculto es inquietante, atractivo, morboso y adictivo, se encuentra en esta serie, en especial en su primera mitad. Un pilar fundamental de lo sobrecogedor y magnético de ese pueblo perdido en las montañas y las sórdidas historias que lo rodean, es la música que acompaña sus imágenes melancólicas y bellas. Angelo Badalamenti, un compositor a la altura de los oídos más grandes de la historia del cine, abre de par en par la mente de David Lynch y la suya propia:

El ‘Love Theme’ es sencillamente precioso. ¿No es muy parecida su estructura al acto sexual? Parece que hiciéramos el amor a Laura Palmer y que, después del clímax, la devolviésemos a su oscuro refugio en las profundidades del bosque. Es, eso sí, un acto triste, casi perverso, en consonancia con la horrible naturaleza de los hechos que perturban a un pueblo entero.

Poned el vídeo otra vez. Para los que no conozcáis la serie debe ser suficiente incentivo para darle una oportunidad al piloto, que con toda seguridad no os dejará escapar; los que ya hayáis estado en ‘Twin Peaks’, quizás volváis a visitarlo y, aun sabiendo que es un lugar peligroso, la tentación de quedarse será irresistible.

‘Up’ they go with no ceiling on sight

Ayer, por primera vez en  la historia del festival de Cannes, una película de animación daba el pistoletazo de salida. Ayer, por primera vez en la historia del festival de Cannes, se proyectaba una película en 3 dimensiones. Estos dos hitos pertenecen a un mismo largometraje, lo último de Pixar: ‘Up’. Y es que, ¿quién si no Pixar iba a liderar un cambio en la industria del cine? ¿Quién si no la compañía incorformista, nido de genios creativos, que viene dando desde su creación algunas de las mejores películas, de animación o no, de los últimos 15 años?

Up, de Pixar

Quiero dejar claro, si acaso no lo he hecho aún, que profeso admiración absoluta por John Lasseter y su equipo. No tienen complejos, ni prejuicios, ni ataduras; tienen talento a raudales, amor por el cine y ganas de emocionar a niños pequeños y grandes mientras buscan nuevas formas cinematográficas. Parece que ahora han dado con la tercera dimensión, con la que siempre me he mostrado reacio; el director de ‘Up’, Peter Docter, que también lo fue de ‘Montruos S.A.’, ha explicado la visión que tienen ellos de la “nueva” tecnología:

Queremos que la profundidad funcione como un elemento más, como el color o la fotografía. La profundidad que facilita este sistema es un elemento emocional más. Se trata de eso, de emocionar.

Es decir, nada de enfatizar la acción y punto; quieren usar la extensión del plano como una herramienta más de la puesta en escena. Qué queréis que os diga, a mi me ha convencido.

Hace dos años era una rata cocinera; el año pasado, un robot mudo en un planeta desértico; este año es un abuelete el que lidera una película infantil ¿Tienen límites creativos? ¿Hay restricciones en el guión, por disparatado que sea? Yo creo que no. Imagino que si Brad Bird hubiera planteado en cualquier otra productora del mundo, que su película iba de una rata que coronaba el templo de la cocina mundial, estaría rodeado finalmente de ratas, pero de las de verdad.

Un anciano, un boy scout y una casa flotante
Un anciano, un boy scout y una casa flotante

La reacción en Cannes ha sido un aplauso unánime. Roger Ebert, del Chicago Suntimes, que no ha tenido la oportunidad de verla con las gafas turno, afirma que “es una película maravillosa”. Dice también que “los personajes tienen carácter, problemas y obsesiones […] son monos y bobalicones; pero no monos como empalagosos animalitos animados, si no monos a la humana manera del maestro de animación Hayao Miyazaki” (autor de ‘La princesa Mononoke’ o ‘El viaje de Chihiro’).

Peter Bradshaw, del británico The Guardian, afirma que “la presentación en 3D le da un auténtico empuje, pero esta película te eleva en el aire gracias a su fortaleza tradicional: argumento, caracterización e ingeniosa animación con los los varlores de claridad y simplicidad de toda la vida”.

Aquí en España, Luis Martínez, de El mundo, no escatima en halagos: “El director Pete Docter, el mismo de ‘Monstruos S.A.’ y uno de los fundadores de la factoría Pixar, regala lo que, sin miedo a equivocarse, puede ser calificado como una simple obra maestra. Entre Chaplin y ‘El mago de Oz’, ‘Up’ ofrece un delicado y nada afectado homenaje al cine, a su historia.”

En ‘Up’ se han invertido 175 millones de dólares. Insisto: en un largometraje de animación protagonizado por un vendedor de globos de 78 años se han invertido 175 millones de dólares. Con Hollywood adocenado, envuelto en remakes, precuelas y secuelas, Pixar comercia con innovación y talento, sabiendo que para mantener su producción hay que hacer dinero, pero sin importarle asumir riesgos. Así, fantaseando, si tuviera que rechazar las cuantiosas ofertas de dirección que tengo sobre mi mesa, trabajaría allí a destajo por 0.0 dólares (o lo qué al cambio sea eso en euros). Me conformaré por ahora con ver ‘Up’ cuando se estrene, aunque qué lejos queda el 14 de agosto.

En tierra que no es tuya

Dos semanas sin escribir que pueden dar que pensar… “Ya estamos, ahora se pasa un par de meses sin decir nada y luego nos viene con otro cambio de theme.” Pues no es eso, zagales, es que tengo una vida muy ocupada e interesante. Sin ir más lejos, ayer no me llamó ningún productor, por ejemplo.

El caso es que creo que os debo una. Quiero recompensar a los que conservan fidelidad al blog con una nueva y espero hilarante categoría: El día que dejé de hacer cine. Tiene el honor de estrenarla el hombre de las mil caras (en una), Steven Seagal.

La cara, el espejo del alma
La cara, el espejo del alma

Este experto en artes marciales reconvertido a actor ostenta el récord Kinder por mayor número de emociones representadas con el mismo rictus. Su mirada implacable lo mismo te dice que te va a partir la tibia y el peroné de un certero golpe de antebrazo, como te anuncia que te va a plantar un beso (no sé qué prefiero).

Empezó sabiendo cuál era su campo: hizo de instructor de artes marciales para, entre otras, esa película de no-Bond protagonizada por Sean Connery, Nunca digas nunca jamás. En algún momento a finales de los ochenta, el espíritu del jefe indio Jerónimo le aconsejó, con más guasa que sabiduría, que se pusiese delante de la cámara. La misma sádica aparición debió revelarle que, ya que quedaba claro que era un actor cojuno, ¿por qué no pasarse a la dirección?

Así las cosas, en 1994 se estrenó la primera y única (alabado sea Buddha) película dirigida y protagonizada por Steven Seagal, En tierra peligrosa. Es un vehículo tan descaradamente diseñado para el lucimiento de su protagonista, que el drama se torna comedia gracias al patetismo inentencionado de todo el conjunto. Una de sus virtudes es, precisamente, ese encanto especial que tiene lo que se supone que debe ser tomado en serio pero que invetiblamente despierta condescendientes carcajadas.

Veamos un ejemplo:

Empezamos mal; y no por preguntarle a un americano profundo y enorme si es un hombre, si no por lo hortera que viste el tío. Igual le robó la chupa al Ranger Norris, porque se dió cuenta de que Chuck es en realidad un meapilas llorón a diferencia de la imagen de semi-Dios difundida por Internet. O tal vez tiene el fondo de armario de una boy band de nativos americanos.

Sea lo que sea, se lo cree. Con una seguridad pasmosa, y desoyendo las advertencias del respetable que presencia el duelo (“Oh, Jesus”), propone al malo malísimo que acaba pegarle a alguien inocente jugar al calienta manos. La expresión del villano cambia, pues ¿quién no se asustaria si un desconocido con coleta y pintas de haber dejado los Village People le dijera que, en caso de fallar, él “tiene un intento”?

Pero el bueno de Seagal no pondría en duda su virilidad para desestimar la de otro, así que convierte al rudo pueblerino en una Barbie llorona a base de ganchos a la boca del estómago. Seagal, que es un narrador consumado, sabe que eso no basta para mantener el interés, y decide darle intensidad a la acción mofándose de su víctima: “You’re a man, right? PUT YOUR HANDS UP. PUT YOUR HANDS UP”. Muy convincente, y además el malo se lo merece.

La segunda vez que lo tira el suelo opta por un comic relief, y hace jocosos comentarios de lo que acaba de vomitar el receptor de su puño implacable. La tercera tanda de golpes es más contundente si cabe, y uno empieza a preguntarse dónde quiere ir a parar con tanta humillación. Terminamos con una dramatización que responde a la cuestión:

Ed Horowitz: Vale, acabas de darle una tunda buena y le has humillado en público. Queda claro que le has dado la lección. ¿Cerramos la escena?

Steven Seagal (voz profunda y mirada estreñida): No, Ed, no. No lo entiendes. Debe aprender a cambiar. Yo no reparto gratis. Mis golpes son la lección que necesitan los hombres que han tomado el camino equivocado en sus vidas. El villano debe encontrar su nuevo yo.

E.H.: … ¿y cómo prefieres que te la chupe?

S.S.: El sarcasmo es propio de los débiles. Si me vienes con otra de esas te parto el cuello con el meñique… Lo que quiero es una frase que le haga pensar, a la vez que deje entrever la humildad que desprendo a pesar de ser superior.

E.H.: Ya… (entre risas disimuladas) Pues le preguntas que qué hace falta para cambiar, a ver… la esencia, eso, de un hombre, y él te dice que… le hace falta tiempo, mientras empieza a llorar.

S.S.: ¡Exacto! ¡Buen trabajo! (Ed desvía la mirada). Y para terminar le contesto que yo también necesito tiempo, subimos violines y ¡Fade out!. Una escenaca.

E.H.: ¿Y eso por qué? ¿Si eras tú el que dabas las lecciones? ¿O el tiempo lo vas a invertir en otra cosa, dándole un toque de misterio al asunto?

S.S.: Ed, observa mi meñique…

E.H.: ¡Vale, vale! Lo que tú digas.