La delgada línea metálica
Man on Wire (2008)
dirigida por James Marsh
montada por Jinx Godfrey
con Philippe Petit, Jean François Heckel y Annie Allix
Ver Man on Wire te convierte en admirador de Philippe Petit. En mi opinión es porque está vivo y, lo que es más importante, no quiere dejar de estarlo nunca. Y no por miedo a una muerte que desafía por la belleza del acto mismo de retarla; ni por el deseo de perpetuarse indefinidamente; sino por la convicción de que este mundo tiene infinitas y bellísimas cosas que merecen ser experimentadas.
¿Es Philippe Petit un funambulista? No exactamente, eso sería tan simplista como decir que Buster Keaton era cómico. Petit es un poeta, un torrente de energía que no puede estar sentado en una entrevista para expresarse, que busca sin cesar un nuevo desafío con el que mostrarse al mundo y descubrir parte del mismo. Corona edificios con su alambre y su equilibrio como el artista que es, pintando una punto negro que desafía la gravedad en una inmensidad sobrecogedora.
Con semejante individuo puede parecer que cualquiera hubiese hecho una película interesante, pero, primero, eso no es cierto, y segundo, Man on Wire es mucho más que interesante, es una gran película que tiende puentes entre el documental y la ficción. Es decir, funciona a muchos niveles: como thriller, comedia, drama humano y, por supuesto, como documento histórico.
El asalto a las Torres gemelas, reconstruido casi entero, mantiene el suspense incluso si se conoce el desenlace de los hechos. Las declaraciones de Petit, hábilmente entrelazadas con material de vídeo y fotográfico, parecen por momentos un guión de Billy Wilder. El resto de entrevistados dan una perspectiva menos idealista de lo narrado y son, finalmente, la cara cruda y un pelín triste del romanticismo arrollador de Petit (se guarda con sabiduría climática para el final un par de revelaciones humanas y sinceras con las que es difícil no emocionarse).
Por último, es el testimonio de una época caducada. Es nostálgica sin proponerselo, porque nos lleva a escenarios que, habiándolos vivido o no, permitían actos como los de Petit, sin esa obsesión por la seguridad que le jaleó como un héroe por cruzar, sobre un fino cable metálico, la construcción humana más alta hasta la fecha. Es nostálgica también porque las torres no están y no nos quedan Petits.
Este documental de James Marsh, de montaje y dirección magistrales, es una de ventana diáfana al mundo de un persona singular entre un millón, dispuesta a lo que sea con tal de expresarse y sin más aliento que la voluntad de conmover. Al mínimamente receptivo le animará a hacer algo más que sobrevivir con el tiempo del que dispone, porque a lo largo de nuestra vida, todos caminamos haciendo equilibrios por una delgada línea pero, ¿quién como Petit lo hace a 420 metros de altura?





¡Muy buena crítica! Sabes que estoy de acuerdo en todo, sobretodo en que a veces parece un guión de Billy Wilder. A mí me ha animado a volver a escribir críticas así que en breve la pondré. ¡Qué gran película!
Tengo ganas de verla!o verlo…
como siempre buen trabajo
Ya sabes cómo soy, ir al cine me suele apetecer poco, pero por lo que dices esta peli merece la pena, ¿no? Pues mira, lo mismo cae
.
Ando ocupado estos días, pero le echaré un vistazo cuando salga en DVD.
Esta en la lista de por ver, y ahora con más razón. Una estupenda critica.
Carpe Diem
La vi el otro día con mi pata chula y desde el primer momento admiré a Petit. No sólo porque yo ahora esté a años luz de hacer algo parecido, sino porque la película, entre otras cosas, es un clarísimo ejemplo de cómo la perseverancia y el perseguir sueños, por muy disparatados que parezcan, hace que éstos se cumplan, y de lo bonito que es rebelarse contra el sistema establecido. Lo que hace Petit es ilegal, como él mismo reconoce, pero no es algo malvado, ni dañino, al contrario, es hermoso y poético.