There to meet with Macbeth

MacBeth

Ayer fui al cine a ver Macbeth de See-Saw films, la misma productora de Shame. Ni yo ni mi prima española nos enteramos mucho de lo que decía en escocés cerrado Fassbender, y durante los ratos en que no seguía la historia me fijé, con la aburrida distancia analítica del que no experimenta algo, en composición, color o diseño de sonido. Me pareció que para ser una película con descarada ambición formal, los diálogos y soliloquios, salvo en algún plano ostentoso, estaban rodados en piloto automático: plano-contraplano, plano-contraplano… Como si la película, poniendo todo el despliegue creativo en escenas señaladas, descuidase lo básico. El cine reciente que veo me da la sensación, despertada por el académico David Bordwell, que cuando se trata de rodar a gente hablando los directores se vuelven perezosos.

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Kawai dice que va al béisbol

El mundo felizmente es inexplicable. (¡Qué sería un mundo explicable por el hombre!)

Nicolás Gómez Dávila

A Ozu, al contrario que a Hitchcock, le interesa antes la sorpresa que el suspense. Prefiere las contradicciones (¿qué es sino una sorpresa?) a la generación y consiguiente satisfacción o desengaño de una expectativa. Ozu pasa de puntillas por momentos clave que son la enjundia de cualquier otra película, como una muerte o una boda, y escribe con Noda personajes volátiles y a menudo incoherentes: el futuro en sus películas siempre tiene algo de incierto. La queja que tengo con los argumentos en los que todo encaja y los personajes se mantienen fieles a la primera impresión es que siendo comprensible, abarcable, el mundo de la ficción, sugieren que el nuestro, como modelo de aquél, también lo es. Con Ozu no es tan fácil.

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Scottie sueña con Madeleine

La cosa empieza con una visita a Ignition Creative, compañía que se dedica a promociones y trailers para largometrajes, y que dependía de la productora en la que trabajaba para copiar a cinta sus montajes. Escribí un email a su director creativo recordando una conversación breve durante una copia que tuvo que repetirse, y aunque no buscaban a nadie de inmediato, el interés que mostré fue suficiente para que Robin, simpático donde los haya, me recibiera, me hablase de su experiencia profesional y me animara a enviarle cosas que montase en mi tiempo libre.

El vídeo que encabeza la entrada es en realidad un intento de tráiler. Con las horas, abandoné esa idea por la de un ensayo sobre el uso del color en Vértigo, y comprobando frustrado que en los cortes que emparejaban el rojo, verde, azul o violeta prevalecía la continuidad de movimiento sobre la de los colores, me dejé guiar por el descubrimiento. Ahora que kogonada ha elevado a cine experimental el visual essay, no se me ocurrió cuestionar su validez.

Claro que no todo el monte es orégano.

Un rayón casual

Mi amigo Enrique me ha pasao este post en el que especulan que quien le raya el coche a Vincent Vega (John Travolta) en Pulp Fiction es Butch (Bruce Willis). El artículo incluye un enlace a Tarantino confirmándolo en una entrevista (minuto tres en adelante).

Yo le he contestao, pasada la emoción de redescubrir lo que supones bien sabido, que la gracia de la escena en el cuarto del camello Lance, y por lo que tuvo éxito, es precisamente que los personajes hablan de trivialidades desconectadas de la trama y de otros personajes. Antoine, el que le hizo el masaje a Mia, tiene su carisma en que no le vemos.

A pesar de lo que diga Tarantino, Pulp Fiction (en realidad cualquier película, cualquier obra) adquiere vida propia desde el momento en que tiene espectadores, y yo prefiero pensar que a Vincent Vega le raya el coche Mengano, y que el mundo de la película se expande así más allá de los personajes y la historia que le da tiempo mostrarnos.

Pasando el rato en Río Bravo

En un ensayo sobre la importancia del lenguaje como parte de la acción en Río Bravo (otra película de Howard Hawks en la que los personajes hablan sin parar) Richard T. Jameson contrapone dos escenas sin diálogo: la primera de la película, que es muda, y la escena que encabeza esta entrada:

[…] Hay otro intermedio en la película que trasciende el lenguaje. Es la escena en la cárcel en la que la comunidad de defensores, ahora unidos y seguros los unos de los otros, decide cantar una canción. Hawks eligió en su reparto a dos cantantes, uno un intérprete consagrado, el otro un prometedor aspirante, para los análogos papeles de dos pistoleros que intentan conseguir el visto bueno y la admiración de John T. Chance [John Wayne]. Ya no hay rivalidad. Dude (Dean Martin) y Colorado (Ricky Nelson) se complementan cantando e incluso le dejan al aficionado de Stumpy que acompañe, porque es una de esas canciones en las que no hace falta una buena voz, sino entusiasmo y compañerismo. “Papá” Chance se mantiene al margen pero no excluido; observa, ve lo bien que lo hacen, se entretiene. Esta aparentemente gratuita escena, esta descarada subordinación de las identidades reales de los actores, es una de las más bonitas de Hawks, y encaja de forma muy concreta dentro de la estructura de esta incontestable obra maestra.

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True Detective: misterio resuelto

True Detective

Leyendo el resumen que escribió Matt Zoller Seitz sobre la primera temporada de True Detective, me encontré con una frase que expresó con tanta eficacia una inquietud que me acompaña, al menos, desde que leí Los diez negritos, que la repetí en mi cabeza como si se tratara de un aforismo:

Por mucha destreza que tenga el artista para estimular la mente, el poder de nuestra curiosidad y nuestros miedos siempre supera sus facultades.

Y continúa:

Es difícil imaginar lo inimaginable.

Las historias que dependen de la resolución de un misterio tienen que lidiar con ese problema fundamental, y cuanto más grande el misterio, más grande el problema. No veo muchas series, pero ni siquiera Twin Peaks elevó el asesinato de Laura Palmer al origen del universo. La ambición de True Detective, de proporciones bíblicas en varios sentidos, ha terminado por devorarla como un agujero negro porque Nic Pizzolato, guionista de la serie, intenta nada menos que materializar nuestros miedos (“El horror…”, que diría el Coronel Kurtz); y claro, se corre la cortina y vemos que el Gran Mago de Oz no era para tanto. Zoller lo explica muy bien en su artículo (si no has visto la serie, no leas lo bien que lo explica):

Después de tantas expectativas, tantas conversaciones sobre visiones, tiempo y memoria, tanta alusión al Rey Amarillo y H.P. Lovecraft e incluso Kurt Vunnegut […], Rust Cohle y Marty Hart terminan en una variante del climax de, en fin, cualquier historia que hayamos visto de un asesino en serie: enfrentándose a un monstruo en su laberinto mientras escuchan sus mofas incorpóreas y examinan su instalación artística.

El problema, como digo, es antiguo. ¿Cómo plantear un misterio que apele a nuestros instintos y prometer un desenlace claro, cuando la curiosidad, y la insatisfacción que sigue al verla colmada, van de la mano? Igual es buena cosa que el motivo de la existencia sea tan escurridizo.