Tenemos que hablar de El Havre

Este fin de semana he ido al cine, y es noticia porque hacía un par de semanas que no iba. Como siempre que voy, al salir de la sala me lío a medio discurrir en alto mis impresiones de la película. Bea, que es con la que más voy, insistió en que debería ordenar esas cavilaciones y escribir de una puñetera vez, con perdón, un post, que últimamente mis neuras estan cortando una apreciable racha de publicación (bueno, esto último lo digo yo). Pues bien, este fin de semana he visto Tenemos que hablar de Kevin y El Havre. Ésta me ha gustado mucho, aquélla no tanto.

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El problema de los fans

Glenn Kenny, en su blog Some Came Running, publicó el pasado sábado un artículo de Aaron Aradillas sobre el re-estreno de Episodio I: La amenaza fantasma donde, entre interesantes apreciaciones de algunas virtudes de la película que pasé por alto en su momento, encontré un revelador resumen de uno de los problemas del blockbuster: los fans.

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Mi parte de ‘Shame’, de Steve McQueen

Hoy se estrena Shame, de Steve McQueen. Por estas mismas fechas, hace un año, comenzaba el rodaje del único largometraje de ficción del que he formado parte, y me vienen un montón de cosas a la cabeza que no consigo ordenar: la noche en que, febril, tuve que vigilar los camiones de cámara y eléctricos a 5 bajo cero hasta que Bob, chófer del rodaje, me ofreció el resguardo de su furgoneta y sus anécdotas sobre grandes actores a los que alguna vez había llevado a casa; la charla que tuve con Steve McQueen sobre dirección, en un receso a causa de unos coches que bloqueaban una toma, cuando en un bar cercano le interpelé entre el director de fotografía y una de las actrices para preguntarle por un plano de Hunger, su película anterior, y cuya valiosa respuesta no acerté a memorizar por culpa del alcohol que ambos llevábamos encima; cómo los primeros días cambiaron mi idea de un rodaje profesional, que yo suponía más precisa de lo que era; el borracho que le quité de encima a Michael Fassbender, indignado y con claras intenciones (pero escasas posibilidades) de zurrarle al actor, porque “él venía de vivir en Los Ángeles y estaba harto de tanto rodaje cortándole el paso”; mi insistencia en poner TCM clásico en la recepción de la Torre 31, el edificio que alojaba el apartamento del protagonista, y cómo eso llevo a un brevísimo intercambio de opiniones favorables sobre Hanna y sus hermanas entre el director y yo; el propio McQueen cantando los Beatles, concretamente ‘Dear Prudence’, e invitando a que cualquiera le siguiera aunque sólo yo, con cautela primero y exceso después, parecía saberme la letra; la mañana en que me escaqueé por haber dormido tres horas esa noche, y no muchas más la anterior, y el sentimiento de culpabilidad que me acompañó hasta que me incorporé al rodaje otra vez; la noche en que, por insistencia impropia de mi posición, Steve me explicó que le enseñó a Fassbender la última escena de La Strada, de Fellini, como ejemplo de un hombre muy hombre (Anthony Quinn) llorando desconsolado, algo que él tendría que hacer en un muelle momentos después.

A Jason, de localizaciones, le pareció muy curioso que me echara una cabezadita sin más

Mi incidencia en el resultado final de la película es tendente a cero, y sé que el tiempo y otras circunstancias han trasformado mi recuerdo y su importancia, pero me siento parte de Shame. En el departamento en el que trabajé, el aspecto creativo pasaba por delante de ti indiferente y rápido; producción no es el mejor sitio para aprender a dirigir, y salvo en ocasiones esporádicas, no es precisamente eso lo que yo hacía. Aún así, no cambiaría esos dos meses de mi vida por nada de este mundo, y hoy iré al cine a ver la que es, de forma ínfima y rocambolesca, mi película. La verdad, estoy muy orgulloso.

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Un día en el campo

Esta Navidad pasada, llevé conmigo al campo mi cámara mini DV con la esperanza de grabar algo que pudiera enseñar. Una pegajosa frustración me persigue, desde hace algún tiempo, porque no consigo conciliar tener una cámara y hacer, con regularidad, cortos. Con esa voluntad -la de hacer algo- gasté una cinta en intentar materializar una forma de observación, inefable, que a mi me embarga. Un problema mecánico me impidió gastar más, y el corto lo encontré en el montaje, sin saber si habría suficiente material, con menos ánimo de trasmitir un significado concreto que de, como digo, compartir una experiencia.

Del resultado estoy medianamente satisfecho. Espero que os guste.

En la barra inferior del reproductor, la rueda controla la calidad; a 720 se ve mejor.

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En defensa de la versión original, con la ayuda de Borges

El asiduo al blog -gracias, lector, soy vanidoso y necesito suscriptores- sabrá que he defendido la versión original en varias ocasiones, y el amigo cercano o el familiar sabrá que la tendremos si insiste en ver conmigo una película doblada. Entre los que se resisten en ver una película en su idioma, he comprobado, o creído comprobar, que contra lo que lucho es contra la fuerza de la costumbre, y que mis argumentos no corren la deseable suerte de ser rebatidos; normalmente, se ignoran. Por eso he resistido la tentación de publicar otra entrada sobre el tema, temía aburrir al personal con la insistencia en un debate que parecía agotado y sin propósito. Hoy, he claudicado.

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Cine paralelo

(…) A diferencia de Newton y Schopenhauer, su antepasado [Ts'ui Pên] no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades.

Jorge Luis Borges, El jardín de los senderos que se bifurcan

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I’m a lonely boy

¿Es posible hacer un buen videoclip que consista en un solo plano estático de un desconocido bailando? Sí, si el desconocido baila bien. Siempre es refrescante que de entre el frenesí de golpes de efecto sincopados de los music videos surja algo así. En éste, promoción del single “Lonely Boy” de The Black Keys, la imagen, en lugar de enfatizar la música, ofrece un sencillo contrapunto a su intenso empuje rockero capturando la esencia del Youtube original, aquel en el que cualquier hijo de vecino podía ser mundialmente famoso si era excéntrico en su justa medida y que ahora está dominado, irónicamente, por videoclips.

El protagonista del hipnótico baile, Derrick T. Tuggle, músico, actor y sí, guardia de seguridad, en principio fue contratado como extra para una coreografía más complicada. Él mismo explica cómo acabó dándolo todo a solas:

El director como que me vió bailar y me preguntó: “¿Sabes bailar?”, Y yo le dije: “Sé bailar, cualquiera sabe bailar”. Así que cogí pasos de todo el mundo, de John Travolta en Fiebre de sábado noche y Pulp Fiction, del baile Carlton Banks en el Príncipe de Bel-Air y un poco de Michael Jackson, como un bufé con poco de todo.

Fuente: bendita Wikipedia.

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